El barrio
Esta semana la panadería que tenemos enfrente de casa ha organizado una merienda a la que todos los clientes habituales estábamos invitados. Durante la merienda se iba a celebrar un concurso de bolsas de pan. Cuando leímos el cartel anunciando la merienda hace unas semanas mi hija mayor mostró mucha ilusión por asistir e incluso por participar en el concurso. Cada vez que íbamos a comprar las dos dependientas recordaban a mi hija que contaban con ella.
Yo sabía que tenía una bolsa de pan que me regaló mi madre cuando nos casamos metida en un cajón. No la hemos usado nunca. Es una bolsa de rayas blancas y rosas que ella cosió y sobre la que escribió “Pan” con pintura de tela. Le dije a mi hija que podíamos coger esa bolsa y que ella podía hacer un dibujo para adornarla y así poder participar en el concurso. Genial.
El día de la merienda recogí a las niñas en el autobús y subimos a casa. Teníamos que hacer un poco de tiempo. Al llegar, mi hija pequeña empezó a protestar y decir que ella no quería ir a merendar. Si no hubiese tenido otra solución, la habría obligado a bajar, ya que tenía claro que mi hija mayor no podía perderse esa merienda. Sin embargo, antes que tener que ir con ella llorando, preferí llamar a mi padre y preguntarle si le importaba bajar él con mi hija mayor y su prima. Mi padre accedió encantado. Es un abuelo maravilloso. La fiesta duró mucho rato. Subieron a casa cerca de las siete. Las niñas se lo habían pasado fenomenal. Habían tomado chocolate, todo tipo de pastas, bombones… Mi padre me dijo que él se había sentado tranquilamente en una silla junto a la puerta de salida para que las niñas no pudiesen salir sin que él se diese cuenta y que las había dejado disfrutar a sus anchas. Mi hija mayor y mi sobrina estaban radiantes y mi otra hija un poco rabiosilla por haberse perdido la juerga. Le trajeron dos bombones en una servilleta de papel.
A la mañana siguiente mi padre me llamó al móvil y me dijo que cuando había bajado a comprar pan una de las dependientas le había dado un regalo para mi hija mayor. Le dijeron que en el último momento dejaron de verles y no pudieron dárselo en persona. Era el regalo que entregaban a los participantes en el concurso. Mi padre les dijo que al final no habíamos encontrado la bolsa de pan. Y así era, efectivamente. La bolsa, que encontré a la primera cuando fui a buscarla en aquel cajón, fue engullida a los pocos días por nuestro caos absoluto. A mi hija no le importó. Ella estaba realmente ilusionada por la merienda. La dependienta insistió. “Queremos que se lo quede. La niña hubiera querido participar. Lo hemos guardado para ella”. Mi padre dejó el paquete envuelto con un lazo sobre el mueble que tenemos en nuestro recibidor. Cuando llegamos del autobús aquella tarde mi hija vio inmediatamente el paquete. “¿Qué es esto, mami?”. “Un regalo para ti. De parte de las chicas de la panadería”. ¡Qué contenta se puso! Y mucho más al abrirlo y comprobar que en el interior había una preciosa caja metálica de bombones. ¡Su primera caja de bombones!
Al día siguiente fuimos a darles las gracias. Había sido un detalle muy bonito. Mi hija estaba muy contenta.
La verdad es que cada vez me siento más integrada en mi barrio. Llevo viviendo aquí mucho tiempo. Mi familia y yo llegamos a esta ciudad cuando yo tenía 16 años y en ese momento mis padres compraron el piso en el que actualmente siguen viviendo. Cuando mi marido y yo nos casamos vivimos durante dos años en una casa de sus padres que estaba cerca de aquí pero no exactamente en el mismo barrio. Sin embargo, al cabo de esos dos años nos compramos un piso situado justo encima del de mis padres. Algo no muy habitual. Lo sé. Sin embargo, no fui yo la que insistió por comprar este piso. Fue mi madre la que sugirió la idea y la que habló con los vendedores para preguntarles las condiciones de venta y fue después mi marido el que pensó que la idea era buena. A mí me pareció un poco raro, la verdad, pero si a él le parecía bien, por qué a mí no iba a parecérmelo. Genial. Así que en poco tiempo nos mudamos y aquí estamos. Vivo por tanto casi exactamente en el mismo lugar que cuando vivía con mis padres y hermanos. No nos arrepentimos. Mis padres suben muy poco a nuestra casa. No quieren incordiar. Y sin embargo tenerlos cerca es muy cómodo para muchas cosas. Si viene alguien a arreglarnos algo, ellos suben y le abren la puerta. Y si necesitamos su ayuda o ellos necesitan la nuestra, o bien suben inmediatamente o bien bajamos.
En la galería de la cocina que da al patio interior donde se tiende la ropa tenemos una cesta atada con una cuerda que usamos para mandar cosas pequeñas de una casa a otra. “Mamá, ¿me puedes coser una etiqueta con el nombre de las niñas en unas camisetas?” “Claro. Bájamelas con la cesta y te las devuelvo dentro de un rato”. Cojo la cesta, meto las camisetas y las etiquetas y descuelgo la cesta por la ventana, de forma que mi madre puede recogerla desde la suya.
Cuando yo era jovencita me sentía bien en este barrio pero no igual que ahora. Ahora es muy agradable entrar en la panadería y sentir que te conocen y te aprecian, o pasar por la frutería y saber que cuentas con la sonrisa y el cariñoso “buenos días” de sus agradables dueños. Ella es polaca y él argelino. Ella rubia rubia y él moreno moreno. Encantadores. En el quiosco te saludan al pasar, en la tienda de música, en el pequeño supermercado, en la farmacia… Te cruzas con vecinos, con caras que has visto mil veces… Todos conocen a las niñas, todos les sonríen, muchos saben sus nombres… Creo que ellas son la clave de mi inserción. Los niños ayudan a los adultos a ser mejores. Habiendo niños delante los adultos interactúan más unos con otros. La gente te pregunta, les pregunta, te sonríe, les sonríe. Y tú respondes. Te sientes bien, ellos también y mis hijas van aprendiendo, absorbiendo como esponjas y creciendo en un barrio cálido que seguro que contribuye a hacer de ellas unas personas maravillosas.
Un beso.
Saporima.
Lactancia materna a los tres años
Hace casi un año, en diciembre del año pasado, ya os conté que me había encantado el libro “Un regalo para toda la vida. Guía de la lactancia materna” de Carlos González. En aquel momento mi hija pequeña tenía poco más de dos años y nuestra experiencia con la lactancia había sido maravillosa en gran parte gracias a ese libro. Ahora mi hija acaba de cumplir tres años y me parece un buen momento para describir cómo nos están yendo las cosas.
La verdad es que no ha habido grandes cambios y quizá eso es precisamente lo más extraordinario. No hay muchos niños de la edad de mi hija que tomen todavía leche de su madre.
Por las mañanas me levanto a las siete menos diez. Desayuno, me arreglo y vuelvo a meterme en la cama. Normalmente antes de haberme levantado, en un determinado momento de la noche, mi hija pequeña me ha llamado y me ha pedido tomar leche. Entonces yo la he sacado de la cuna (que está junto a la cama) y la he metido conmigo y con su hermana mayor en la cama de matrimonio (la mayor duerme atravesada en la parte inferior). Si da la casualidad de que precisamente esa noche ha dormido de un tirón, la saco de la cuna y la meto en la cama. En ambos casos sigue dormida. Yo le susurro: “¿Quieres “pechi”?” y ella asiente con los ojos cerrados, abre su boquita y se pone a chupar. La dejo siete minutos en cada pecho, le digo que siga durmiendo y me levanto de nuevo. Entonces visto a la mayor y luego continúo con ella.
Muchas veces no quiere desayunar nada más. Salimos corriendo hacia el autobús del colegio y me despido de ellas a las nueve menos cuarto.
Cuando vuelven del colegio por la tarde, las recojo y al llegar a casa normalmente lo primero que la pequeña me pide es que le dé pecho. Así que, después de dejar a la mayor con su merienda preparada, nos sentamos un rato en mi sillón junto al ordenador. Al acabar juegan juntas. Los cinco años y pico de diferencia, de momento, no les impiden pasárselo muy bien una con la otra. Discuten de vez en cuando, claro. A veces la mayor se enfada porque la pequeña le hace rabiar y le dice (la pequeña a la mayor) que no quiere jugar con ella (¡qué bicho es la pequeña!). Otras veces la pequeña incordia a la mayor y le estropea lo que está intentando hacer en ese momento. Pero en general son buenas amigas. ¡Qué alegría da eso!
Por la noche, después de la cena, después de lavarle los dientes y después de ponerle el pijama (normalmente luchando porque no quiere), volvemos a recuperar la paz sentadas de nuevo en mi sillón junto al ordenador. Unas veces se duerme muy deprisa. Otras tarda un rato. Pero en cualquier caso, está tranquila. Tumbada en mi regazo, primero en un pecho, luego en el otro, relajada, primero con los ojos abiertos hasta que poco a poco se le van cerrando y se queda dormida. Al cabo de un rato me levanto con ella en brazos y la dejo en la cuna. La mayor a esas horas sigue despierta. No duerme mucho. Normalmente está junto a nosotras sentada en el suelo leyendo un libro. En silencio para que su hermana se pueda dormir. Se nota que ya es mayorcita. Suele estar de buen humor y es muy cariñosa. Es mi aliada en la continua lucha contra el bicho de su hermana. ¡Qué gamberra es la pequeña! Supongo que será cosa de la edad.
Resumiendo, con tres años toma mi leche tres o cuatro veces al día (una de ellas de madrugada). No suele tomar leche de vaca. Si algún día ve a su hermana desayunar y me pide un vaso de leche con cereales como ella, se lo pongo sin problemas. Le pongo un poquito de leche y siempre se deja la mayor parte. A veces toma algún yogur. Cuando me lo pide. Yo no se los ofrezco, pero nunca se los niego.
En cuanto a mí, mi alimentación es normal (o medio normal) y tomo, porque la ginecóloga así me lo indica, una pastilla de “Ginenatal” (vitaminas) cada día.
No hace mucho, al llegar del colegio nos fuimos directamente a la oftalmóloga porque mi hija mayor tenía conjuntivitis alérgica. Durante la espera la pequeña me pidió leche y yo la cogí en brazos y ella empezó a chupar. Al momento llegó la enfermera. Yo avisé a la pequeña. Ella me soltó y seguimos a la enferma con unos segundos de retraso. Lo suficiente como para que ella pudiese contarle lo ocurrido a la doctora y la doctora me dijese que si quería, podíamos continuar. Fue muy amable. Le dije que no, que no hacía falta en absoluto, pero que muchas gracias. No fue una situación habitual. Normalmente la gente disimula. Hace como que no ha visto nada y no se mete. Nunca nadie me ha dicho nada desagradable en ningún lugar, por muy mayor que les haya parecido mi hija.
Mi actitud en esta historia sigue siendo la de siempre. Yo estoy encantada y veo a mi hija encantada y sana. Estamos fenomenal. Seguiremos así mientras ella quiera.
Un beso.
Saporima.
Algunas ideas (II)
Hace un par de meses os conté que tengo una carpeta donde recopilo ideas que he leído o que me han contado y que me han gustado. Aquel día seleccioné algunas de ellas y hoy he elegido otra hoja donde hará cinco o seis años anoté algunas frases del libro “Sentirse Bien” de David D. Burns. Leí el libro tumbada en mi cama con el sol entrando a raudales por la ventana. ¡Qué agradable es la luz del dormitorio! Era junio y yo estaba de baja con neumonía. El libro contiene muchísimas más cosas, lógicamente, y yo hice una selección que dista mucho de poder considerarse un resumen de la esencia del libro. En absoluto. Yo elegí simplemente las frases que me parecieron “útiles” para mi forma de ser. Aquí os las pongo:
1. Si usted es un perfeccionista, será un seguro perdedor en cualquier cosa que haga.
2. ¿Qué me preocupa? ¿Qué es lo peor que puede suceder?
3. El éxito puede ejercer el peligroso efecto de convertir a estos estudiantes en esclavos cuyas vidas se convierten a su vez en intentos obsesivamente rígidos para evitar el miedo de no poder ser perfectos. Sus profesiones son ricas en logros pero frecuentemente pobres en satisfacciones.
4. Establece límites de tiempo estrictos para las actividades.
5. Cuanto más probemos y más errores cometamos, más rápido aprenderemos y más felices seremos.
6. ¿Qué puedo aprender de mi error? ¿Puedo obtener algo bueno de esto? ¡Soy humano!
7. Limite el tiempo para las tareas domésticas. ¡Tenga el coraje de dejar una tarea sin terminar!
8. Anote cualquier consecuencia del fracaso y desarrolle por anticipado una estrategia para superarlo.
9. Nadie espera que usted sea perfecto. Simplemente reconozca su error y tome las medidas necesarias para corregirlo.
10. Usted es un ser humano valioso y no tiene necesidad de ser perfecto.
11. Ante las críticas lo mejor es no defenderse. Pregunte con interés por más datos, muestre el acuerdo en los puntos en que no discrepe.
12. Recompense la conducta deseada en lugar de castigar la conducta indeseada. Además de motivar a las personas que le interesan para que deseen estar cerca de usted, mejorará su estado de ánimo porque usted aprenderá a observar las cosas positivas que hacen los demás y a concentrarse en ellas en lugar de detenerse en las negativas.
13. Empatía: Capacidad de comprender con exactitud los pensamientos y motivaciones concretas de otras personas.
14. Solo usted puede hacerse feliz.
15. Trátese como lo haría con su amigo más querido.
Soy perfeccionista. No super perfeccionista, pero sí bastante. Es decir, no hasta el límite de no poder considerar nunca acabada una tarea, pero sí dedico más tiempo que otras personas a hacer las cosas. Quizá no es exactamente perfeccionismo. O quizá se mezcla el perfeccionismo con un alto nivel de responsabilidad. No sé. He corregido algunas cosas con los años. Pero no otras. Y también con los años ha cambiado mi opinión sobre el perfeccionismo o la alta responsabilidad o la combinación de ambos. No hace tanto, cuando nos hicieron a mi marido y a mí el estudio psicológico para permitirnos adoptar a nuestra hija mayor, nos preguntaron a cada uno por los defectos del otro. Mi marido, creo recordar, respondió que yo era muy perfeccionista. A mí me sorprendió que él considerara esa innegable característica de mi personalidad (se le dé el nombre que se le dé) como un defecto. Contesté algo así como que yo lo consideraba una virtud. ¿Cuánto hará de eso? Unos nueve años… Ahora soy más consciente de que efectivamente el perfeccionismo tiene consecuencias negativas. Globalmente creo que me siento orgullosa de cómo soy. Me tomo muy en serio todo aquello que hago. La gente confía en mí. Pero… ¿Dónde está la frontera? Ser una persona responsable está bien, pero ¿a partir de qué punto ser demasiado responsable, demasiado perfeccionista, te impide darte permiso a ti mismo para hacer cosas simplemente placenteras? Hacer algo por el simple placer de hacerlo. Por mí. Ya está. Para ser feliz. No porque lo considere mi obligación. Me queda mucho camino por recorrer. Pero estoy en ello.
Un beso.
Saporima.
Terapia de relajación y Asertividad
Terapia de relajación
El último post de Ariovisto (http://ariovisto.wordpress.com/2009/11/12/cancion-de-juventud/) me ha hecho pensar en una de mis “terapias de relajación” favoritas. ¿Os lo he contado ya? Dios mío!! Os he contado tantas cosas que ya no estoy segura de lo que os he contado y lo que no!!! En fin… Espero que me disculpéis si ésta no es la primera vez que os cuento esto.
Me encanta que mis hijas me toquen el pelo. En cuanto surge la oportunidad les pregunto: “¿Queréis jugar a que voy a vuestra peluquería?”. Ellas saben que me encanta, así que suelen decirme que sí. Saco un peine o un cepillo para cada una y la caja con los cientos de gomas, horquillas y pinzas de colores. Muchas veces los estirones son impresionantes. Pero a mí me da igual. Cierro los ojos y me vapulean de un lado y de otro. Ahora el peine, ahora el cepillo, ahora cojo un mechón de pelo y le pongo una pinza, ahora aquí, ahora allá. Me encanta. Me resulta muy relajante. Al acabar, el resultado es para ponerse a llorar, como podéis imaginaros, y tengo que pasarme un buen rato quitando pinzas y pincitas de todas partes. Pero merece la pena.
Asertividad
Hace varios años asistí a un cursillo titulado “Asertividad para docentes”. Me pareció un tema raro para un curso de pedagogía universitaria, pero el concepto aislado, desligado de la docencia, me pareció interesante. El cursillo lo impartió una mujer de mediana edad que me resultó bastante antipática. Recuerdo solo dos cosas: nos dijo que no debíamos pretender caer bien a nuestros alumnos y nos contó una anécdota personal: si, por ejemplo, un día su marido llegaba a casa y le decía que esa tarde le apetecía ir al cine con ella, pero ella había tenido un mal día y se encontraba cansada y con ganas de no hacer nada, ella tenía claro que no anteponía los deseos de su marido a los suyos propios. Ya irían al cine otro día. Ella se consideraba una persona asertiva.
Me resulta curioso que pasados tantos años ese sea el poso que dejó aquel cursillo en mi memoria. No estuve de acuerdo con aquella mujer. A mí me encanta caer bien a mis alumnos. Por supuesto, ese no es el objetivo que guía mis acciones en clase. Sé que estoy allí para ayudarles a aprender. Pero eso para mí es totalmente compatible con sentirme feliz cuando noto que valoran mi esfuerzo al intentar explicar con claridad y vehemencia. Me gusta que me escuchen con atención. Que piensen que están aprovechando al máximo su tiempo si se quedan conmigo en clase. Que les facilito su labor. Que me gusta lo que hago. Que me gusta que me entiendan. Que me esfuerzo por ellos. Me gusta que piensen que soy una buena profesora y una “chica maja”. ¿Qué hay de malo en eso?
Y si mi marido llegase un día a casa y me dijese que le apetece muchísimo ir conmigo al cine y yo me encontrase agotada, me iría al cine con él. Otra cosa sería que tuviese que hacer algo urgente e inaplazable. Si es imposible, no hay nada más que hablar, pero si sólo dependiese de mí, antepondría sus necesidades y deseos a los míos. O, mejor dicho, convertiría sus necesidades y deseos en los míos propios. Cambiarían mis prioridades. ¿Qué hay de malo en eso? ¿Por qué tendría que ser bueno ser asertivo en una situación semejante? Yo me iría encantada al cine. Encantada de que él desease compartir esa actividad conmigo. No es una cuestión de asertividad. Asertividad es algo distinto. Supongo que una persona asertiva es aquella que cuando tiene claro lo que piensa sobre un tema, es capaz de mantener su opinión con independencia de lo que opinen los demás. No se deja doblegar. Pero cuando tú mismo eliges cambiar de opinión, por voluntad propia, y no te sientes forzado ni obligado a hacerlo, sigues siendo una persona asertiva. Si vas al cine encantado, aunque cansado, eres una persona asertiva. Pero si vas al cine contrariado y soñando con poder haber hecho algo distinto, quizá no eres una persona asertiva. Creo que no fue un buen ejemplo.
Un beso.
Saporima.
Pan y bicis
Pan
El otro día salíamos con prisa las niñas y yo hacia la parada de autobús. Se iban al colegio. Al llegar a la calle, la pequeña me dijo que quería pan. Casi enfrente de casa hay una panadería, así que, a pesar de las prisas, cruzamos adrede y entramos. La panadera estaba preparando bandejas con pasteles para un señor y una señora y su hijo estaban esperando. Oí como el niño, mientras señalaba la nevera, le decía a su madre que también quería zumo. “Sí. Sí. Cuando nos toque” – le contestó ella.
La panadera nos conoce perfectamente. Con mucha frecuencia pasamos por allí por las mañanas y compramos un panecillo. 30 céntimos. Como teníamos prisa, mientras colocaba 30 céntimos en la repisa, le dije a la panadera si podía darme un panecillo de los de siempre sin bolsa ni nada. Era la primera vez que yo hacía algo parecido. Ella tenía los panecillos justo al lado. La operación que yo pedía podía llevarle, sin exagerar, dos segundos. Pero a la panadera no le dio tiempo a reaccionar. La señora que, efectivamente, iba antes que yo me dijo en tono airado que para eso estábamos todos, para comprar el almuerzo para el colegio, y que yo tenía que esperar. Yo le dije que no se preocupara. Que me iba. Cerré la mano sobre las monedas que aún no había liberado totalmente y las niñas y yo salimos sin el pan. Afortunadamente, mi hija pequeña no protestó. Imagino que percibió que algo había ocurrido y se resignó a no comer pan de camino al autobús. Mi hija mayor hizo que le explicara lo ocurrido varias veces. Yo le decía que efectivamente colarse no estaba bien, pero que lo que yo había hecho, aunque estrictamente hablando puede ser considerado así, desde mi punto de vista representaba tan poco (poquísimo) perjuicio para los demás y tanto beneficio para nosotras, que yo opinaba que el hecho de criticar mi acción era una reacción totalmente desproporcionada e injusta.
Como os podéis imaginar soy la típica persona que no se cuela nunca (casi nunca, si incluimos lo del otro día) y que me traten como si yo fuese de ese tipo de personas no me hace ninguna gracia. Mi hija me conoce y espero haber sido capaz de convencerla de que incluso en esa ocasión yo no había obrado mal.
Cuando dejé a las niñas en el autobús el incidente seguía dando vueltas en mi cabeza. Llegué a casa, cogí la bici, bajé a la calle y la nube negra seguía ocupando todo mi cerebro. Cuando empecé a circular decidí que no quería que ese estúpido acontecimiento me estropeara el trayecto, así que comencé a intentar librarme del nubarrón. Me esforzaba por encontrar un pensamiento positivo totalmente ajeno a aquella historia y centrarme en él. Lo conseguía parcialmente, volvía la nube, volvía a empujarla hacia el exterior, recuperaba el pensamiento positivo, sonreía, se asomaba la nube, yo le cerraba la puerta con fuerza, me agarraba al pensamiento positivo, pedaleaba, pedaleaba más rápido… Y al final gané. La nube se quedó atrás en el camino.
Una vez en el trabajo recibí una llamada de mi padre. Me dijo que había ido a comprar pan y que la panadera le había contado lo que había ocurrido y le había regalado un panecillo para mí pidiéndole que me lo entregara. Bueno. Me alegro. Aún no he vuelto a verla. Le daré las gracias cuando lo haga.
Bicis
Por un cúmulo de circunstancias ayer no cogí la bici para ir a trabajar. A la ida fui en coche con mi marido y a la vuelta regresé caminando y aproveché para comprar el regalo de cumpleaños de mi hija pequeña en una tienda de juguetes didácticos que me gusta, pero que me pilla un poco lejos de casa (por el centro). Al salir de la juguetería me encontré con una manifestación de bicicletas y fui paseando junto a ellas un buen rato. Las bicis circulaban por la carretera ocupando todos los carriles y yo iba por una de las aceras. Periódicamente gritaban estas frases:
“Carril bici YA por toda la ciudad”
“Con la bicicleta cuidamos del planeta”
“No contamina ni gasta gasolina”
Había muchas bicis. Yo diría que varios centenares. Muchos ciclistas iban vestidos de forma estrafalaria. Otros iban disfrazados. Y muchos eran muy jóvenes. No me sentí muy identificada con ellos. No sé. Aunque me resultaban simpáticos. Fui sonriendo a su lado. Es posible que con este tipo de iniciativas se consiga que el Ayuntamiento invierta más dinero en ampliar la red de carril bici y en mantener la existente. No hace mucho tiempo llamé al teléfono de atención al ciudadano para informar del mal estado del carril bici en un determinado tramo por el que yo circulo. Los baches en esa zona son un auténtico peligro, especialmente cuando no hay mucha luz. Se tomaron nota de mi comentario y me pidieron el número de teléfono. Cuando colgué pensé que esa llamada era lo mínimo que yo podía hacer, aunque probablemente no serviría para nada, y que quizá si todos los usuarios hiciéramos algo parecido las cosas tardarían menos tiempo en arreglarse. Pero es muy posible que una llamativa manifestación sea algo mucho más efectivo. ¡Ojalá!
Un beso.
Saporima.
Vértigo
Estoy dormida y una molesta sensación me despierta. La primera vez que me ocurrió sentí auténtico pánico y desperté a mi marido pidiendo auxilio. No sé describir la sensación. Yo lo llamaría vértigo. Mi cuerpo reacciona aferrando las manos a la cama y tensando los músculos. La sensación dura pocos segundos. A partir de aquella primera vez, dejé de despertar a mi marido cuando volvía a ocurrirme. Seguía pasándolo mal, es muy desagradable, pero al menos ya sabía que duraba poco. En aquellas primeras ocasiones consulté a un par de médicos de cabecera y ninguno le dio mayor importancia. Ahora ya hace mucho que no me sucede. Supongo que estaba vinculado a situaciones de estrés y de cansancio. Siempre me ha ocurrido estando dormida. Salvo una vez…
Hace unos años me apunté a yoga y estuve yendo un cuatrimestre. Supongo que no era lo que yo buscaba. Me gustaba la música, pronunciar aquellas extrañas palabras y sentir cómo vibraban en la boca, focalizar mi atención en un punto, visualizarlo, ser capaz de centrarme en el presente (nos prohibían volar al pasado o imaginar el futuro)… Pero había que hacer ejercicios físicos que a mí me resultaban sumamente complicados. Y en esas condiciones yo no me podía relajar. ¡Y yo me quería relajar! Así que no continué el cuatrimestre siguiente. Uno de aquellos días, la profesora nos pidió que nos tumbáramos. Yo lo hice, como todos. Siempre, o al menos hasta donde alcanza mi memoria, me he sentido incómoda estando tumbada sin tener algo bajo la cabeza. Muchas veces he creído sentir que si seguía en esa postura se desencadenaría la desagradable sensación que desestabiliza mi organismo y me aterra. Por eso siempre evito apoyar la cabeza directamente sobre la superficie en la que reposa mi cuerpo, y la elevo con algo, una almohada, un cojín, mi propio brazo… Pero aquel día estando en yoga la sensación dio un paso más allá. Sentí, o creí sentir, que el vértigo se iniciaba y no pude evitar soltar un chillido de pánico. Me incorporé con brusquedad huyendo de aquella postura (cosa que no hago cuando duermo, ahora que lo pienso) y miré a mi alrededor. Todos estaban tumbados. Se estaban relajando progresivamente siguiendo las indicaciones de la melódica e hipnotizante voz de la profesora. Me pareció que no me habían escuchado. Tampoco ella pareció sorprendida. Es como si no hubiera ocurrido. Pero yo juraría que ocurrió. Juraría que grité…
Lo que sí sigue sucediéndome es despertarme sobresaltada al poco tiempo de haberme acostado, convencida de que he olvidado hacer algo importante, normalmente relacionado con las niñas. Me levanto de la cama y busco a mi marido por la casa. Como normalmente él se acuesta después que yo, y me despierto al poco tiempo de haberme quedado dormida, lo normal es que él siga en pie. Siempre me dice que no pasa nada, que me acueste, que estoy soñando. Yo suelo estar completamente convencida de que en esa ocasión existe una razón real que justifica que me haya levantado. Intento explicárselo, pero el sueño empieza a desvanecerse y no soy capaz de articular frases con sentido. Entonces vuelvo a la cama y sigo durmiendo.
Otra cosa que me ocurre, aunque no de forma tan frecuente, sino únicamente cuando estoy especialmente nerviosa, es tener la sensación de que me falta aire para respirar. De que tengo que esforzarme en cada inspiración para poder llenar de aire los pulmones. Es un claro síntoma de estrés y no soy capaz de relajarme estando así.
A veces, cuando voy en la bici y hace buen día aprovecho los semáforos en rojo para orientar mi cara buscando el sol. Cierro los ojos y en unas décimas de segundo veo una pantalla completamente roja. Y me siento como la momia de Ramsés el Maldito absorbiendo con avidez la energía de cada rayo. Busco la sensación de paz. Necesito esa sensación. Creo que estoy en el buen camino. Quiero creer que dentro de no mucho tiempo ya no me despertaré por las noches, igual que hace tiempo que ya no tengo sensación de vértigo. Quiero creer que cada vez serán menos las ocasiones en las que note falta de aire. Todo está bien. Descansa. Vive. Disfruta.
Un beso.
Saporima.
El sueño de toda mujer
Cansado y con cara de pocos amigos se levantó de la cama, el pelo enredado y los ojos somnolientos se reflejaron en el espejo. Alzó la vista y se echó una ojeada. Se puso la bata y las zapatillas, bajó las escaleras y entró en el cuarto de baño. Olía a rayos, como siempre. Al instante alguien golpeó débilmente la puerta: “¿Está ocupado?”.
- Sí – contestó malhumorado.
No se apresuró lo más mínimo. Cuando terminó, abrió la puerta y salió. A su lado estaba una muchacha gris, oscura. Por un momento la miró y su expresión se suavizó pero el timbre de la puerta le devolvió a la realidad y se apresuró escaleras arriba.
Se vistió y peinó y, aunque no solía hacerlo, recogió la ropa del día anterior. Una vez preparado, bajó de nuevo la escalera. La figura gris ya no estaba junto a la puerta.
- Buenos días.
- Buenos días – contestó con voz dulce la dueña de la casa - ¿Qué tal ha dormido?
- Bien. Gracias.
Pan tostado con mantequilla y café. Siempre igual. Hacía buen día. Comenzaba el ruido en la calle. Levantó la mirada. La muchacha gris, ahora vestida de luz, estaba frente a él. Sin decir nada, siguió con su desayuno.
- Diego, tengo que presentarte a una nueva inquilina. Se llama Inés.
- Encantado – Dijo él escuetamente.
Cuando terminó de desayunar se levantó. Y la muchacha gris también lo hizo. En la puerta del comedor ella le preguntó si llevaba mucho tiempo viviendo allí. “No. Bueno… En cierto modo, sí”. “No te entiendo” dijo ella. Asombrado giró la cabeza. Apenas la había mirado. “No. Claro”. Hizo ademán de marcharse sin querer dar más explicaciones, pero ella volvió a intentar iniciar una conversación. Esta vez él contestó con un gruñido y se alejó caminando.
Los ojos de la chica se humedecieron. Cruzó el vestíbulo rápidamente, abrió la puerta de la calle y salió. Era invierno. La noche anterior había llovido intensamente. No llevaba abrigo. Echó a correr. Las lágrimas resbalaban a borbotones por sus mejillas. De pronto sintió a alguien a su lado. Reconoció el traje pero no quiso mirar. Se cubrió la cara con las manos y cambió de rumbo, pero él también lo hizo y finalmente la obligó a detenerse. Ella desvió la cabeza. No quería mirarle. Él la cogió por la barbilla y giró su cara. Ella cerró los ojos. Sentía su mano en el brazo izquierdo y la barbilla le ardía. El corazón le latía deprisa.
- ¿Qué te pasa? – Preguntó él.
- Suéltame – Dijo ella.
- ¿Qué te he hecho? – Añadió él.
- Suéltame – Repitió ella.
- No quiero – Contestó él mientras las lágrimas de ella mojaban la mano con la que él sostenía su barbilla – Mírame – Susurró esta vez él con tono suplicante.
Ella lloraba amargamente pero abrió los ojos. Él la soltó y ella se dirigió hacia él buscando cobijo. Él la rodeó con sus brazos. Ella apoyó la cabeza en su hombro. Se tranquilizó, pero no se movía. Él la sujetaba con fuerza. No hablaban. Ella comenzó a tiritar. Él la separó lentamente, con suavidad, se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros. Con el brazo por detrás de su espalda, sujetándola por la cintura, volvieron a casa.
Un beso.
Saporima.
PD. Lo siento chicos, las chicas somos un poco cursis, aunque solo a veces. O quizá siempre… No sé… Pero disimulamos a menudo.
Una sorpresa
Sonó el despertador. Abrió los ojos. Se levantó despacio. Se recogió el pelo con la goma que llevaba en la muñeca. Se asomó a los cuartos de los chicos. Dormían. Sonrió. ¡Qué mayores se habían hecho! Ayer mismo eran unas cositas pequeñas y delicadas que giraban a su alrededor y la necesitaban con todo su alma. Ahora eran tan mayores. Tan independientes. Tan maravillosos. Qué rápido habían crecido. Cómo le gustaría volver a saborear los deliciosos momentos pasados. ¡Eh! ¡Despierta! Se dijo a sí misma. ¡Quedan muchos deliciosos momentos futuros! Es verdad. Pensó. Y volvió a sonreír.
Hacía más frío que los días anteriores y estaba más oscuro. Se tomó un café con leche y dos galletas. Se arregló y salió de casa.
Como cada mañana fue a la oficina. Siempre llegaba la primera. Sacó la llave de su bolso y abrió la puerta. A medida que iban llegando sus compañeros, ella les recibía con una cálida sonrisa. Tenía una sonrisa contagiosa que invitaba a sonreír. Una sonrisa que llegaba al corazón del otro, cogía delicadamente las penas que había dentro y las guardaba en un cajón. Levantaba la vista. Sonreía. Y seguía trabajando.
En otro punto de la ciudad alguien pensaba en ella en ese momento. Alguien que había disfrutado de sus sonrisas como nadie. El libro estaba en la mesa del ordenador. Lo había buscado durante días. La noche anterior se lo comentó durante la cena. Ella pareció no prestar atención mientras bromeaba con sus hijos. Y sin embargo, allí estaba el libro. Lo había buscado para él y se lo había dejado junto al ordenador. Había una nota. “¡Qué pases un buen día! Un beso”. Sonrió. Sonrió pensando en su sonrisa. En sus ojos. Y también él notó cómo sus penas salían del corazón y se escondían en un cajón. Volverían en otro momento, ya lo sabía, pero para entonces ya tendría una nueva sonrisa con la que hacerles frente. ¡Qué fácil era ser feliz junto a ella!
El día transcurrió con calma. Aquella tarde habían quedado en ir juntos de compras. Le encantaba que él la acompañara. Le cogía la mano con dulzura y dejaba que él la guiase. Aquí y luego allí. Ahora esto, después lo otro. Como él quisiera. Realmente le daba igual. Sólo quería estar con él. Donde fuera. Qué más daba.
Y el broche final. Esa noche el festival de Eurovisión. Los cuatro juntos. Cada uno con su cuaderno y su bolígrafo. Escucharían las canciones, cada uno elegiría sus preferidas y, lo más importante, compartirían un año más una noche especial. En el fondo sólo querían estar juntos. Donde fuera. Qué más daba. Y ella los miraría de reojo. Uno a uno. Allí estarían. Su familia. La razón de su existencia. Qué paz sentía cuando estaban todos juntos. Qué mayores se habían hecho. ¡Cómo deseaba que fueran tan felices con sus medias naranjas como ella lo era con la suya! Aquella noche volvería a sonreír. Como cada noche.
PD. Con lo que yo imagino de ti he construido este cuento. Espero que te haya gustado. ¡¡Feliz Cumpleaños!! Un beso muy muy fuerte.
Saporima.
Desfile de moros y cristianos
Hace varios años alguien me dijo que hay dos clases de personas: las que necesitan que ocurra algo extraordinario en sus vidas para sentirse felices y a las que les basta con, por ejemplo, que el agua salga calentita de la ducha (recuerdo cómo dijo “calentita”, entrecerrando los ojos, sonriendo con suavidad, y encogiendo levemente el cuerpo como si estuviese recordando en ese preciso momento la sensación que le producía el agua).
Muchas veces desde entonces he recordado aquello. Reconozco que la mayor parte de ellas cuando me estoy duchando. En esos momentos me concentro al máximo y cada una de las terminaciones nerviosas de mi piel recibe el agua con los brazos abiertos. ¡Qué agradable!
Estar atento al presente. Como me dijeron en el cursillo que os conté hace poco. ¡Qué fácil parece, pero qué fácil es perder la atención! Eso sí, cuando se logra tienes la sensación de que el tiempo no se escurre entre tus dedos, sino que tus manos son capaces de atraparlo y se queda ahí, disolviéndose poco a poco, hasta hacerse tuyo.
Ayer fui con las niñas a un desfile de moros y cristianos. Mi mente estaba despejada de nubarrones y perfectamente preparada y deseosa de disfrutar al máximo de aquella experiencia. Presentía que me encantaría y deseaba dejarme atrapar por aquel momento. No estuvo mal, la verdad, pero me quedo ganas de repetir para vivirlo mejor.
Al poco tiempo de llegar y elegir un sitio, mi hija mayor se puso de mal humor. La pequeña se había quedado dormida en la silla y cuando empezó el desfile mi hija mayor quiso despertarla. Al principio yo me resistí a darle permiso, pero después, viendo lo deseosa que estaba de compartir con la pequeña aquella experiencia, la dejé intentarlo, pero la pequeña llevaba demasiado poco tiempo dormida como para que fuese sencillo sacarla de su sopor. La mayor se puso de mal humor y se alejó unos metros de nosotras. Yo no dejaba de mirarla, pero a ella los demás la veían sola, con cara tristona, apoyada en el portal de una casa. El policía que estaba por la zona la vio (también a mí) y se acercó a ella para intentar animarla. ¡Le estaba hablando un policía! Yo a su edad me habría desmayado, pero ella no cambió de actitud. Al final, volvió con nosotras, pero no quería prestar atención a los soldados cristianos que ya estaban pasando con sus trajes y espadas. Como estábamos un poco separadas de la gente, no teníamos buena visibilidad, así que el policía volvió a acercarse a nosotras y le ofreció a mi hija sentarse en su coche (¡en su coche de policía!). Ella rechazó el ofrecimiento. Yo intenté convencerla, pero no hubo forma.
En vista de que estaba siendo imposible saborear aquellos momentos nosotras dos solas, me esmeré en intentar despertar a la pequeña y al final lo conseguí. “¡Ya están aquí los soldados. Mira!” Al final abrió los ojos y la cogí en brazos para que pudiera ver algo. ¡Cómo pesa! Con semejante peso encima es difícil saborear nada y además nuestra posición no era perfecta. Veíamos bien cuando los soldados estaban muy encima, pero no podíamos ver cómo se acercaban. Las niñas estuvieron muy atentas, aunque acabaron cansándose y nos fuimos antes de que hubiese terminado.
El largo camino de vuelta fue mucho más animado. Mi hija mayor se lo pasó en grande intentando subirme la camiseta para demostrar que debo adelgazar unos kilos. ¡Qué gamberra! Se rieron de buena gana a mi costa la pareja de gamberras. Aunque me temo que tienen razón y estoy empezando a pensar seriamente en buscar alguna tabla de ejercicios a los que pueda hacer un hueco en mi vida. No pueden ser agotadores abdominales, por ejemplo, porque la sola idea de sufrir de esa manera, hace que me sienta incapaz incluso de intentarlo un único día aislado. Algo encontraré. Solo necesito un poco de tiempo para planificarlo.
Un beso.
Saporima.
Una tarde de compras
Hace unos días un amigo me pidió que le acompañara hoy por la tarde a comprarse ropa. Nuestra hija mayor se ha ido con mi hermana y su familia al cine y la pequeña ha ido con mi marido a casa de sus tíos. Así que, una vez todo organizado, he cogido mi mochila y una chaqueta por si refrescaba y he salido.
Hacía una tarde espléndida. Mi amigo quería que fuésemos a una tienda, donde ya había medio mirado la ropa, que está cerca de su casa, en el centro, relativamente lejos de la mía. “Vente en metro”, me ha dicho. Pero yo no podía desaprovechar la oportunidad de ir paseando y mucho menos siendo que tenía que ir al centro.
La última vez que recorrí las mismas calles que he recorrido hoy fue este verano, un día maravilloso e inolvidable que mi familia y yo compartimos con unos muy buenos amigos. Me encanta pasear por allí. Tener la sensación de estar recorriendo el mismo camino que otras personas recorrieron hace muchos años… Pasear con la vista hacia arriba disfrutando de edificios y monumentos…
No sé por qué hoy me he fijado más que otras veces en la gente con la que me cruzaba… Estaba siendo testigo de pequeños, diminutos, fragmentos de sus vidas… Cuando pasaba junto a la catedral he adelantado a unos padres que caminaban junto a sus hijos. Ella era china y él supongo que español. Los niños parecían chinos vistos de espaldas. El mismo tipo y color de pelo, el mismo corte de cabeza. Igual que mi hija. Pero cuando se han girado, sus caras no eran chinas… ni españolas… Eran una preciosa mezcla de rasgos. ¡Qué guapos!
La calle donde hemos quedado está cerca de la estación de tren y era impresionante lo abarrotada de gente que estaba… Anchas aceras repletas de hombres y mujeres que caminaban lentamente al ritmo de la muchedumbre… ¡Qué barbaridad!
Una vez en la tienda, mi amigo se ha estado probando ropa y al final se ha comprado un montón de cosas: tres pantalones, una camisa, una chaqueta y una cazadora. Desde luego, nos ha cundido el tiempo, pero también es verdad que el proceso resultaba sencillo. “¿Te gusta?” “Sí”. Se lo probaba, le quedaba bien y se lo quedaba. Sencillo. Cuando se acercaba la joven dependienta de la tienda, yo intentaba alejarme un poco para no incordiar… He pensado que a mi amigo le gustaría poder flirtear con ella con tranquilidad…
Al salir de allí él ha comprado un par de cosas más en una tienda que nos pillaba de paso y después hemos ido caminando hacia su casa. Pero… ¿sabéis dónde vive? ¡Al lado de la tienda de abalorios que visité hace varios meses (en el mes de febrero)! He llamado a mi marido. “Hemos terminado las compras importantes. Pero si la cría está bien, me gustaría pasar un rato por la tienda de abalorios. ¿Qué me dices?”. “Sin problemas. Estamos muy bien”. ¡Genial!
La tienda me ha resultado igual de encantadora que la otra vez. He aprovechado para comprar el regalo de cumpleaños de la amiga que me acompañó aquella vez a esa misma tienda. Cuando salimos de allí en aquella ocasión ella me dijo. “Bueno. Ahora ya sabes qué quiero para mi próximo cumpleaños. Que me hagas un collar”. He cumplido parcialmente su deseo… En vez de hacer yo misma el collar, he mirado con detenimiento las decenas de collares que tenían expuestos, he elegido el que más me ha gustado y se lo he comprado. Y… Bueno… Ya que estaba por allí… Me he comprado unos pendientes… ¡¡Esta vez sólo tres pares!! (son muy baratos… si fuesen más caros, no me hubiera comprado ni un solo par, pero siendo así…).
Al salir de la tienda nos hemos separado. A mí me quedaba por delante otro agradable paseo desde la estación de tren hasta mi casa. Paseo que, por supuesto, he saboreado al máximo. Me gusta mi ciudad.
Un beso.
Saporima.