El ejercicio y yo

Febrero 6, 2010 at 6:26 pm (personal)

De pequeña no se me dio bien la gimnasia en el colegio. Las volteretas, el pino, el potro, el plinton… ¡Qué infierno! Todo aquello me daba miedo. Los deportes eran otra historia. Un poco mejor. Jugué sobre todo al baloncesto y, aunque era bastante mala, aquella experiencia me permitió montar con algunas amigas un equipo en la Universidad. Aquello sí que fue divertido porque todas éramos igual de desastrosas y nos reíamos mucho. Supongo que perdimos todos los partidos. Aunque mi mente ha olvidado ese pequeño detalle.

Una vez acabada la carrera hice diversos intentos, pero cuando el curso terminaba no era capaz de retomarlo al año siguiente. Comencé con aerobic (o algo así) con una amiga en un gimnasio. No me gustó. Otro año me apunté con tres amigas a un cursillo de tenis. Fue divertido. Otro año una de mis hermanas me arrastró a un cursillo de natación. ¡¡¡Dos días a la semana a las 8 de la mañana en el agua!!! Fue una tortura. Otro año la misma hermana me arrastró a otro cursillo de natación pero en horario de tarde. El horario mejoraba algo las cosas, pero la idea de tener que meterme en el agua se me hacía cuesta arriba. Otro año me apunté con un amigo a un curso de yoga. Un solo cuatrimestre. No fue lo que yo esperaba. Lo imaginaba más tipo meditación y relajación y me sorprendió con un alto nivel de actividad física. Para que os hagáis una idea de mis dotes “elásticas” os diré que mi amigo me llamaba “espagueti sin cocinar”. Después llegó mi época andadora. Empecé a ir a trabajar andando. Cada trayecto duraba una hora y cuarto. Eso sí que fue una delicia. Un gran descubrimiento. Desde entonces adoro caminar. Mi mente está preparada para los grandes recorridos y disfruto dejándola a su aire y empapándome del entorno que me rodea. Aquella época terminó cuando llegó nuestra primera hija. Ya no podía dedicar tanto tiempo yendo y viniendo del trabajo. Tenía que sacar todos los minutos que pudiera de debajo de las piedras y dedicárselos a ella. Quería hacerlo. Y cuando parecía que mi hija ya había superado la época en la que más me necesitaba, me quedé embarazada de la segunda. Y entré de nuevo en una época de total y absoluta dedicación a las niñas. Hace unos meses volví a notar que mi hija pequeña también estaba saliendo de su etapa de muy alta necesidad de mí. Empecé a poder dedicar tiempo a otras cosas. Una de ellas fue esta comunidad de blogs. Al principio tenía muy poquito tiempo, pero a medida que transcurrían los meses mis hijas iban creciendo y yo iba aprendiendo a organizarme mejor y a hacer hueco a actividades no relacionadas con las niñas que me completaban como persona y que me hacían sentir feliz. Otro de los frutos de ese proceso de maduración fue decidir ir en bici a trabajar. ¡Qué gran descubrimiento! Es uno de los mayores placeres que he conocido en mi vida. Me siento genial yendo en bici. La sensación que me genera es similar a la que vivo cuando camino, pero consumo menos tiempo en los desplazamientos (treinta y cinco minutos cada trayecto). Odio los días de lluvia en los que no puedo coger la bici. O los días de fuerte viento. Me siento libre y ágil ahí arriba.

Hace dos semanas he dado otro pasito adelante. Cuando llego a casa con la bici, justo antes de ducharme, hago unos quince minutos de ejercicio. Mis experiencias del pasado me demuestran que no soy capaz de mantener durante mucho tiempo una rutina que implique hacer ejercicios que me resulten difíciles o especialmente duros. Cualquier ejercicio de suelo, por ejemplo, me supone demasiado esfuerzo. No me gustan. He hecho otros intentos en otras épocas y nunca han cuajado. Así que esta vez he pensado que por muy sencillo que sea lo que haga, seguro que será mejor que no hacer nada. He decidido poner el listón muy bajito porque quizá estando ahí sea capaz de disfrutar de ese rato y, por tanto, pueda llegar a convertirse en una rutina estable en mi vida.

Desde que nació mi hija pequeña no he recuperado mi cintura de antes. Ahora ya han pasado varios años (más de tres) y el tiempo demuestra que si no hago algo esto irá a peor. Así que los ejercicios que he elegido son ejercicios de cintura. No he hecho una gran búsqueda. Quizá los hay mejores que también me resultarían divertidos. Quizá incluso no es bueno hacer alguno de ellos de forma muy continuada. La verdad es que no lo sé. Pero de momento no me voy a marear. He elegido hacer bailar un rato el hula-hop. De pequeña me gustaba y mi hija tiene uno. Me resulta bastante divertido. El primer día que lo cogí no era capaz de mantenerlo ni media vuelta en su sitio, pero ahora ya he mejorado bastante. El hula-hop es el plato fuerte. Después hago cuatro ejercicios. Todos de pie:

1)    Péndulo. Levanto el brazo izquierdo (y luego el derecho) por encima de la cabeza y lo dejo caer de forma pendular mientras mi cuerpo se inclina lateralmente hacia la derecha.

2)    Círculo. Con los brazos levantados trazo con ellos y el tronco círculos todo lo grandes que me es posible.

3)    Danza del vientre. Con los brazos ligeramente levantados e inmóviles y las palmas hacia arriba, efectúo un movimiento circular con el abdomen (primero en un sentido y luego en el contrario).

4)    Inclinación. Levanto los brazos y luego los bajo para pasarlos por debajo de las piernas abiertas.

Todos los ejercicios elegidos me resultan fáciles. Me concentro en notar cómo se estiran los músculos de la cintura en cada movimiento. Me gustaría ser constante. Quiero creer que aunque no sean muy exigentes pueden ser útiles si los practico de forma indefinida. ¡Ya veremos!   :)

También he hecho un pequeño cambio en mi rutina diaria. Empecé por casualidad un día y me dí cuenta de que era una idea estupenda. No sé si recordáis que yo antes, una vez arreglada por la mañana, volvía a meterme en la cama para dar el pecho a mi hija pequeña. Quince minutos. El cambio que he hecho consiste en no meterme en la cama, sino cogerla en brazos y sentarme con ella en el sillón que tengo junto a la cuna. Durante esos relajantes quince minutos (siempre lo han sido) ahora me dedico a hacer ejercicios con el cuello. Es tan relajante que algún día me despistaré y se nos hará tarde.

Mis cervicales son un punto débil de mi cuerpo. Hace unos años mi marido me regaló un vídeo de automasaje. Durante unos meses adquirí la costumbre de dedicar unos minutos a masajear mi cuello, cabeza y hombros. Los resultados me sorprendieron. Dejé de notar molestias. Pero aquello también pasó. No recuerdo cómo. Supongo que cuando por alguna razón rompes la rutina durante unos días, el riesgo de no recuperarla es alto.

Un beso.
Saporima.

Permalink 6 comentarios

Pingüinos – Rosa – DNI – Forros polares

Enero 30, 2010 at 6:03 pm (personal)

Mi hija mayor adora los pingüinos desde que era muy pequeñita. Es sin duda su animal preferido. Ha leído sobre pingüinos, ha visto documentales, tiene varios pingüinos de peluche, fotos de pingüinos en su cuarto…

Estas Navidades adoptó a un nuevo pingüino de peluche. Es una monada de cría de pingüino de un palmo y medio de alto con una bufandita azul. Duerme con él desde entonces. Lo cuida. Lo abraza.

El domingo pasado fuimos al Oceanográfico y ella decidió llevarse a su pingüino. No suele sacarlo de casa, pero no le pusimos ninguna pega. Cogió un bolso, lo metió dentro y se lo colgó. No estuvimos mucho tiempo. Un par de horas, quizá. Justo hasta que cerraron. No había mucha gente. Hacía bastante frío e incluso chispeaba levemente. Las niñas decidieron qué sitios concretos querían visitar ese día: el túnel de los tiburones, el pequeño recinto donde se simula que rompen las olas, la zona al aire libre donde vive uno de los grupos de pingüinos y el recinto cerrado donde se encuentra el otro grupo. En éste último estuvimos mucho tiempo y tuvimos la suerte de que no hubiera nadie más. Yo me senté en uno de los grandes escalones de madera y me dediqué a observar a las niñas. Subieron, bajaron, se persiguieron, jugaron… Hasta que en un determinado momento mi hija mayor, cuando la pequeña estaba distraída, se acercó a la gran cristalera desde la que se observan los pingüinos, abrió su bolso, sacó a su peluche y lo levantó a la altura de su cabeza invitándole a mirar la colonia de pingüinos. ¡Se los estaba presentando! Supongo que en ese instante yo ya la estaba mirando embelesada desde la distancia, la veía de espaldas, pero justo entonces empecé a oír muy bajito que estaba haciendo ruiditos como si el pingüino estuviese hablando con los demás. ¡Qué exquisitez de momento! ¡Qué bonito! Cuando terminó, guardó su pingüino en el bolso y siguió jugando con su hermana.  :)

===================

La pequeña es un bicho. El otro día se quedó en casa de mis padres mientras yo me llevaba a la mayor al médico. Al volver, mi madre me contó que le había preguntado cuál era su color preferido y ella le había dicho que el rosa. Como aún no pronuncia bien la “R”, mi madre estuvo un rato intentando enseñarle cómo hacerlo. Hasta que en un determinado momento la niña le dijo: “¿Sabes abuelita? En inglés se dice “Pink” “. Se acabó. Ya estaba harta de “erres”. Cuando más tarde mi madre le preguntó: “entonces, ¿qué color te gustaba?”, la pequeña respondió: “el pink”.    :)

===================

Hoy hemos estado en una comisaría de policía haciendo el DNI a las niñas. Lo necesitan para poder volar a París. En marzo nos vamos a Euro Disney. Hemos llevado los certificados de empadronamiento, las fotos y las partidas de nacimiento. En la de mi hija mayor figuran muchos datos: los de su nacimiento en China, los de su adopción, los distintos traslados de Registro Civil… El chico que nos ha atendido ha dedicado bastante tiempo a examinar la partida de nacimiento, pero no me ha preguntado nada. Ha rellenado todos los campos y me ha mostrado los datos en pantalla por si yo detectaba algún error. Sin embargo, ahí no estaban los referentes al lugar de nacimiento. Así que cuando al final me ha entregado el carné me ha sorprendido comprobar que no figuraba China. En su carné pone que ha nacido aquí. Como su hermana. Bueno. No sé qué habría contestado yo si me hubiera preguntado qué prefería poner. Ha salido así y así se queda de momento.

¡Qué mañana más preciosa hacía! ¡Cuánto tiempo sin ver brillar así el sol!

===================

Ayer por la noche yo tenía frío. Así que antes de acostarme decidí abrigarme un poco más. ¡Qué pinta! Como recordaréis, yo duermo con las niñas y ellas duermen con pijamas-manta. Además, muchas noches la pequeña pasa parte del tiempo conectada a mi pecho. En esas condiciones no es fácil que yo pueda taparme con mantas hasta el cuello sin hacer que alguna de ellas pase demasiado calor o incluso que la pequeña quede enterrada totalmente, cabeza incluida, bajo las mantas. Por eso desde que empecé a dormir con ellas la cama tiene sábanas y una sola manta de cama de 90 cm (la cama es de matrimonio) y yo me acuesto con pijama y dos forros polares puestos. Las piernas (con pijama) siempre están tapadas bajo la manta. Y en la parte de arriba no corro peligro de congelación si la manta sólo puede taparme parcialmente. Anoche, como tenía frío, además del pijama y los dos forros polares, me puse una bata de mi marido (la mía me cabría a duras penas llevando tanta ropa debajo). ¡Qué pinta!   :)

Un beso.
Saporima.

Permalink 7 comentarios

Algunas ideas (III)

Enero 23, 2010 at 6:18 pm (personal)

Hace varios años, cuando estábamos esperando a que llegara nuestra primera hija, leí el libro de Bernabé Tierno titulado “Todo lo que necesitas saber para educar a tus hijos”. Hoy he organizado y comparto con vosotros las ideas que más me gustaron de aquel libro.

A. Características de una persona feliz:

  • Una persona feliz se siente única, distinta e irrepetible y se trata a sí misma con ternura y comprensión. Sabe que es normal y humano equivocarse, tener limitaciones y defectos. Se acepta y se quiere a sí misma. Posee un autoconcepto positivo y resistente, liberado por completo de la aprobación o desaprobación de los demás.
  • Una persona feliz perdona y comprende a los demás y esto le hace invulnerable a sus ofensas.
  • Una persona feliz intenta ser lo mejor que puede. No intenta ser el mejor. No se compara con los demás.
  • Una persona feliz no está disponible para aquellos que intentan hacerle daño.
  • Una persona feliz acepta de buen grado la vida que le ha tocado vivir, vive plenamente el presente y lo disfruta y no sufre inútilmente por lo que pudiera haber sido pero no es.
  • Una persona feliz evita la ira porque sabe que siempre es debilitante y destructiva.

B. La técnica más adecuada para reprender la conducta de un niño es:

  • En un primer momento, dejar claro que la acción cometida nos desagrada.
  • En un segundo momento, recordarle sus buenas acciones pasadas. Sabemos que puede comportarse bien. Confiamos en que lo hará mejor en el futuro. Tenemos un alto concepto de sus capacidades.

C. No es rentable pretender cambiar a los demás, ya que sólo podemos y debemos cambiarnos a nosotros mismos.

D. Tenemos que enseñar a nuestros hijos a fijarse con frecuencia en aquellos hechos de su pasado que merecieron una justa aprobación, recompensa y alabanza. Aprender a ver lo bueno que existe en ellos mismos, incrementa su autoestima y les capacita para ver con más facilidad lo bueno que hay en los demás.

E. El niño tiene que aprender a ponerse en el lugar del otro, tiene que intentar comprenderle y respetar su modo de proceder, aunque no sea el suyo y no le agrade.

F. Hay que enseñar al niño a prestar ayuda a los demás, pero también a pedirla. Cuando pedimos algo a alguien estamos demostrando a esa persona que para nosotros es muy valiosa, tanto que nos es necesario contar con ella.

G. El niño tiene que aprender a hacer comentarios positivos de los demás.

H. Hay que mostrar absoluta confianza en la capacidad de éxito de nuestros hijos en cualquier actividad que dominen bien.

Un beso.

Saporima.

Permalink 5 comentarios

Estamos creciendo, mami

Enero 18, 2010 at 6:25 pm (personal)

Cuando era bastante joven (tendría 19 o 20 años) pasé una temporada (unos meses) con problemas para dormir. Comprendí entonces lo delicado que puede volverse el sueño y lo fácil que es obsesionarse con no poder dormir y que tu propia obsesión no te deje descansar. Aquello se me pasó. Nunca supe por qué se produjo. Se fue tal y como vino y desde entonces nunca he vuelto a vivir una fase tan larga como aquella con problemas para conciliar el sueño. Ahora puedo tener una o varias noches malas, si algún tema está dando vueltas en mi cabeza, pero ya no tengo el miedo que sentí en aquella época a no poder dormir. Hoy por hoy, si no me duermo porque estoy nerviosa por algún motivo, es normal que me levante y me entretenga haciendo cualquier cosa por la casa hasta que me siento agotada y me acuesto de nuevo.

Mi marido ronca. Desde siempre. Para mí es muy difícil conseguir dormirme si él ya está dormido a mi lado. Pero eso no representaba ningún problema cuando dormíamos juntos. Muchas veces yo ya estaba dormida cuando él se acostaba y las pocas ocasiones en las que yo estaba despierta y él no, cogía mi almohada y me cambiaba de cuarto. Saber que siempre podía cambiar de cama me daba tal tranquilidad que eran muy pocas las ocasiones en las que tenía que recurrir a esa solución.

Él siempre ha dormido con la radio encendida toda la noche. Yo me adapté con facilidad a su costumbre y en poco tiempo, aunque él aún no estuviera en la cama, era yo, por iniciativa propia, quien encendía la radio.

Cuando nació nuestra hija pequeña me pareció buena idea que mi marido se fuese a dormir a otro cuarto. Por un lado, él dormiría mejor (evitaría las malas noches de la niña y podría seguir durmiendo con la radio encendida) y por otro lado, me asustaba no poder dormir yo. Con la niña recién nacida perdía la posibilidad, que tanto me tranquilizaba, de cambiarme de cuarto si no podía dormir. No quería separarme de ella.

A mi marido le pareció bien. La verdad es que no puedo imaginar a nadie más comprensivo y tolerante con mi forma de ser que él. Se marchó al cuarto más pequeño de la casa y pasó a dormir en una cama plegable. Sin rechistar. Ni una sola queja.

Al poco tiempo mi hija mayor se vino a dormir con nosotras. Ella me lo pidió y a mí no me pareció bien dormir con la pequeña y no dejar que ella también lo hiciera si era eso lo que deseaba.

La pequeña en la cuna y nosotras en la cama de matrimonio. Y cuando la pequeña se despierta se mete en la cama y estamos el resto de la noche las tres juntas. Una luz tenue está encendida toda la noche y la radio está apagada. ¡Qué bien hemos dormido así! ¡Qué fáciles son las noches cuando les dejas estar a tu lado!

Llevamos tres años y dos meses compartiendo cuarto. Yo estoy encantada y la pequeña también. Mi marido sigue sin quejarse. Alguna vez bromea con su destierro, pero nunca me ha hecho un reproche en serio. Y la mayor ha estado encantada muchísimo tiempo, pero hace unos meses empezó a avergonzarse de la situación. Me pidió que no dijera a nadie que seguía durmiendo conmigo, así que desde entonces la versión oficial, de puerta para afuera, es que ella ya duerme sola en su cuarto.

Durante todo este tiempo he visto bien a mi marido. No ha parecido afectarle en absoluto la situación y gracias a eso me he sentido libre para poder hacer lo que me parecía prioritario. Pero hace poco, quizá porque empiezo a pensar que realmente ellas ya no me necesitan, he empezado a echar de menos tenerle a mi lado. Supongo que lentamente se han estado produciendo en mi interior los cambios necesarios para poder aceptar que el momento de que ellas durmieran solas estaba llegando.

No recuerdo muy bien cómo pero ayer por la tarde surgió el tema y pregunté a las niñas si querrían irse a su cuarto y dormir juntas sin mí. Su reacción precipitó los acontecimientos. Se pusieron contentísimas ante la idea. Se abrazaron, saltaron y empezaron a planear cómo iban a organizarse. Para mí aquella reacción fue una señal clara e inequívoca. Ellas estaban listas y yo no podía obstaculizar su necesidad de independencia. Nos pasamos el resto de la tarde organizando los cambios. Fue una tarde muy ajetreada. Ellas estaban muy ilusionadas y yo algo nerviosa pero contenta. Preparé mi cuarto a conciencia para recibir a mi marido con los brazos abiertos. Saqué unas bonitas sábanas que llevaban tres años encerradas en el armario, coloqué nuestro edredón que había estado guardado todo este tiempo, quité las barreras de la cama que impedían que las niñas se cayesen, sacamos la cuna, los trastos de las niñas… El cuarto se transformó y volvió a ser nuestro dormitorio de siempre. ¡Qué agradable!

Dormí a la pequeña en el pecho, como cada noche, y la metí en su cuna en su nuevo cuarto. Mi hija mayor es muy miedosa y me pidió que me quedase con ella hasta que consiguiese conciliar el sueño. Le dije que sí. Pero ella estaba demasiado nerviosa. Le daba miedo no poder dormirse y que yo me fuera. A la una menos veinte de la mañana me rendí, le dije que era tardísimo. Que teníamos que dormir. Ella se puso a llorar. No quería quedarse sola. Su hermana pequeña dormida en la cuna junto a su cama no la tranquilizaba. Me suplicó dormir conmigo en mi cuarto. La abracé y no se me ocurrió ninguna solución mejor. Fui al salón y se lo conté a mi marido. Ningún problema. Nunca pone ningún problema a nada que yo haga. Le pareció bien. Así que volví al cuarto de mi hija, la recogí y nos acostamos juntas. Una hora después la pequeña se puso a llorar. Fui a por ella y la metí en la cama con nosotras.

¿Y ahora qué?

Un beso.
Saporima.

Permalink 5 comentarios

El Puerto de Santa María y Yentle

Enero 9, 2010 at 6:52 pm (personal)

El Puerto de Santa María

Un verano mis padres nos enviaron a una de mis hermanas y a mí unos días a El Puerto de Santa María (Cádiz) a una especie de curso en el que quizá nos dieron algo de inglés. No me acuerdo muy bien. Estaba organizado por el Opus Dei. Mi tía (que en aquella época, ya no, era numeraria de esa institución) se lo sugirió a mi madre y nos apuntaron. No sé qué edad teníamos. Quizá 12 años mi hermana y 13 yo. No lo sé. Aún recuerdo perfectamente varias de las canciones que allí nos enseñaron. Y también recuerdo lo que ocurrió una de aquellas noches. Pero poco más.

Dormíamos en literas en una habitación muy grande. Cada noche había mucho follón en el cuarto. Muchas niñas se levantaban de las camas y las voces y las risas tardaban mucho en apagarse. Estaba prohibido hacerlo, por supuesto, así que yo me quedaba en mi cama hasta que conseguía dormirme. Pero una noche decidí levantarme. Llevaba un pijama de color verde claro con bonitos dibujos de colores intensos en el pecho. Intenté comportarme como ellas lo hacían. Corrí con ellas hacia el hueco de la escalera y me asomé, como todas. Pero en ese momento las monitoras miraron hacia arriba desde la escalera y subieron hacia la habitación. Todas corrimos hacia las camas. Yo me metí en la mía. Una monitora con muy malas pulgas entró vociferando en el cuarto. Yo me incorporé ligeramente en la cama y el pijama quedó al descubierto. Entonces se dirigió a mí, señalándome furiosa: “Tú estabas levantada. Reconozco tu pijama”. No recuerdo qué hice. Supongo que me quedé petrificada. Pero sí recuerdo que muchas niñas comenzaron a decir que eso era imposible. Que yo no me levantaba nunca. No pretendían mentir. Seguro que no me vieron. ¡Qué mal rato!


Yentle

Supongo que era mi primer año con carné de conducir. Una tarde fui al videoclub para sacar la película “Yentle” de Barbra Streisand. A mi novio y a mí nos apetecía verla y quise darle una sorpresa. El chico del videoclub me dijo que no la tenía en ese momento pero que si tenía prisa en conseguirla, podía ir a otra sucursal de la misma cadena de videoclubs donde sí estaba. Me dio la dirección. Me fui a casa y le pedí a mi hermana que me acompañara. Nos fuimos en el coche de mi novio: un escarabajo de segunda mano recién pintado de rojo intenso que le había comprado su padre. No le dijimos nada. No había ningún problema en coger su coche. A mí me dejaba conducirlo siempre que quería y yo solo pretendía darle una sorpresa.

Debía ser invierno porque estaba muy oscuro cuando nos fuimos. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que llevábamos las luces apagadas. Debimos estar unos quince minutos circulando sin luces. No conocíamos el barrio hacia el que nos dirigíamos. En poco tiempo estábamos completamente perdidas. Dimos vueltas y vueltas y al final, sin darnos cuenta, tomamos una carretera oscura que nos dirigía Dios sabe dónde y nos sacaba de la ciudad. ¡¡¿Qué hacemos aquí?!! Sin pensarlo dos veces di la vuelta en aquella carretera por la que no circulaba ni un alma y regresé a la zona iluminada con farolas. Paramos un momento y preguntamos a alguien cómo podíamos salir de allí pero estábamos tan perdidas que las indicaciones no nos servían de nada. Al final nos rendimos. Estábamos asustadas. Era un lugar oscuro y desconocido con poca gente en la calle. Amenazador. Paré el coche junto a una cabina y llamé a mi novio. “Nos hemos perdido” – le dije. “¿Dónde estáis?” – me preguntó. “No lo sé” – contesté. Intenté leer el cartel de una calle y en ese momento vi un autobús que pertenecía a una línea que llegaba a nuestro barrio. ¡Nuestra salvación! Me despedí de mi novio con rapidez, me monté en el coche y nos dirigimos hacia el autobús. Me coloqué junto a él y le dije al conductor que nos habíamos perdido y que si no le importaba que le siguiéramos. No había ningún problema, claro. Así que circulamos tras él parando en cada parada hasta que llegamos a una zona conocida en la que nos despedimos. No conseguimos encontrar el videoclub. No teníamos la película, pero nos sentíamos aliviadas y a salvo. Al llegar, mi hermana me confesó que durante el trayecto se había fijado en que además casi no nos quedaba gasolina. ¡Afortunadamente hubo suficiente para llegar a casa!

En uno o dos días la película estuvo disponible en el videoclub de mi barrio y pude alquilarla. La vimos mi novio y yo y nos gustó.   :)

Un beso.
Saporima.

Permalink 9 comentarios

Acampada

Enero 2, 2010 at 11:17 am (personal)

Me costó convencer a mi madre pero al final me dejó ir de acampada ese año. Éramos siete (¡creo!). Tres parejas y un amigo sin novia. Fuimos en autobús con nuestras mochilas a algún lugar de los Pirineos y tuvimos que recorrer la etapa final del camino a pie. Aquella mochila azul parecía llevar un cargamento de piedras. Alguien del grupo hizo una seña a un coche. Cuando el coche paró, entre todos decidieron que yo era la que estaba más cansada y subí. Tenía 18 años. En el coche iban dos señores. No recuerdo nada de ellos. Supongo que eran amables, pero nada más cerrarse aquella puerta empecé a tener miedo. “¿Dónde te dejamos?” me preguntaron. Contesté indicando el destino más cercano que se me ocurrió. Así que a poca distancia bajé del coche. ¡Qué miedo! No he vuelto a hacer algo parecido en mi vida.

Una tarde jugamos un partido de fútbol. En un determinado momento el amigo sin pareja y yo chocamos brutalmente. Yo recibí el impacto cerca del ojo izquierdo y la zona empezó a hincharse de forma alarmante. Un chico y una chica del grupo acababan de empezar Medicina. No sé en base a qué razonamiento decidieron que les parecía peligroso que yo me durmiese (y cerrase los ojos) aquella noche. Así que el grupo estableció turnos para hacerme compañía y evitar que yo me durmiera. Al día siguiente adelantamos nuestra vuelta a casa, recogimos la tienda de campaña y nuestros trastos y nos dirigimos al hospital más cercano. Yo había olvidado mi tarjeta sanitaria, así que tuve que hacerme pasar por otra de las chicas del grupo. Me atendieron. La doctora me recomendó que avisara en casa de cómo me encontrarían al llegar para que la impresión no fuese tan fuerte.

Estaba completamente desfigurada. La zona afectada era grande, estaba tremendamente hinchada y mi ojo casi completamente cerrado.

Recuerdo que fui al servicio sola en aquella ciudad. Al entrar coincidí frente a los espejos con una chica jovencita de pelo rubio y rizado que llevaba una escotada blusa blanca de manga corta muy calada. Aquella chica actuó como si mi aspecto fuese normal y me pidió ayuda para abrochar o desabrochar algo en la espalda (la blusa quizá o un colgante, no lo recuerdo) y la ayudé. Fue una sensación extraña. Me sentí como la Bestia junto a la Bella o como Cuasimodo junto a Esmeralda. Me sentí incómoda. Como si hubiese entrado en un lugar prohibido. Como si yo no pudiese estar allí. Como si yo no fuese otra mujer.

También recuerdo que al llegar a nuestra ciudad el padre del amigo con el que choqué había acudido a la estación a recoger a su hijo. Me sorprendió profundamente que no me dijera nada. Ni una muestra de asombro, ni de preocupación, ni de interés… Me quedé con la sensación de que sabía que había chocado con su hijo y que temía tener que asumir alguna responsabilidad. Para mí fue una reacción decepcionante.

Durante aquellos primeros días temí no volver a recuperar nunca mi aspecto normal. Fue un proceso largo, pero el tiempo, milagrosamente, me devolvió mi cara casi por completo. Solo queda una tenue huella en el párpado.

Hace un par de días, veinte años después de aquello, estuve con mi familia en casa de aquel chico. Se casó hace poco y aún no habíamos visto su nueva casa ni el vídeo del viaje de novios. Argentina. Imágenes preciosas junto a cataratas, pingüinos y glaciares. Está como siempre, como entonces, su risa es la misma y me acordé de aquello y decidí que hoy os contaría esta historia.

Un beso.
Saporima.

Permalink 6 comentarios

Primeros Auxilios

Diciembre 26, 2009 at 5:54 pm (personal)

Un mes de julio, calculo que cuando mi hija mayor tendría casi cuatro años, hice un cursillo de Primeros Auxilios en la Cruz Roja. Quizá éramos unos 20 de los cuales todos menos otra señora y yo eran críos que querían sacarse el título de socorrista para poder trabajar en alguna piscina en verano. El cursillo (40 horas) me decepcionó. La principal razón que me llevó a apuntarme fue mi extrema preocupación por mi hija. En aquel momento necesitaba hacer todo lo que estuviera en mi mano para intentar impedir que le ocurriera algo malo. Por supuesto también me sentía muy orgullosa de mí misma al pensar que llevar a cabo ese esfuerzo podía servir para ayudar, o incluso para salvar la vida, a cualquier persona que estuviera a mi alrededor. En aquella época pensé que algo de tan vital importancia debía ser asignatura obligatoria en el colegio. Durante varios cursos, adaptando los contenidos a la edad de los niños, hasta conseguir que todos los alumnos aprendiesen de forma verdadera y sólida para el resto de sus vidas qué hacer en caso de emergencia. ¿Qué conocimiento puede ser más importante que ese? ¡Puedes tener en tus manos la vida de otra persona!

Quizá estaba equivocada. Quizá ese tipo de conocimiento en personas no motivadas puede ser contraproducente y peligroso. O quizá son cosas que sólo pueden enseñarse a personas adultas. No lo sé.

La otra señora que asistió al cursillo era mayor que yo. Me llevaría unos diez años. Me pareció atractiva. Llevaba el pelo de un color naranja muy chillón recogido en una coleta. Me dijo que le encantaba ese color y que siempre llevaba el mismo. Trabajaba entre bastidores en el mundo del teatro, haciendo no sé muy bien qué. Tampoco sé cuál era su motivación por asistir al curso, pero se lo tomaba en serio, como yo, y le molestaba, como a mí, que se desaprovechara, como se desaprovechó, tiempo de cursillo. Una mañana un problema de coordinación entre los profesores hizo que no apareciera nadie a darnos clase. Cuando nos pidieron disculpas nos “tranquilizaron” diciendo algo así como que el examen se adaptaría a lo visto y que obtendríamos nuestro título. ¡¿Qué me importaba a mí ese papel?! Por supuesto, ella y yo protestamos (los chavales encantados, claro). Al acabar el curso presenté por escrito una queja formal describiendo lo sucedido (ahora mismo no recuerdo qué otras cosas ocurrieron, pero creo que hubo más anomalías).

Aquellas cerca de 40 horas fueron totalmente insuficientes como para que yo me quedase con la sensación de haber adquirido una buena formación. Perdieron el tiempo con contenidos intrascendentes y los procedimientos utilizados para enseñar las técnicas que había que aplicar ante los distintos tipos de emergencia (fallo cardio-respiratorio, atragantamiento, hemorragia…) me parecieron inadecuados.

Al poco tiempo de acabar el cursillo preparé unas notas redactadas a mano con las ideas que me parecieron más importantes y las llevaba siempre conmigo. Tiempo después, cuando ya había nacido mi hija pequeña, preparé en ordenador un material más ordenado, con imágenes, que repartí a todos mis familiares y amigos. A muchos les envié el fichero por correo electrónico y a los más directos les imprimí dos copias en papel: una para colocar en la nevera y la otra la doblé y la introduje en una funda transparente de CD para que pudiesen llevarla siempre encima (en el bolso, por ejemplo). Mis padres, mis suegros, mis hermanos, mis cuñados, mi marido y algunos amigos recibieron sus dos copias. Y mis hijas suelen llevar una en su equipaje si van a algún lugar sin nosotros.

Yo no salgo sin esas hojas. No sé. Ojalá no me hagan falta nunca pero me siento más tranquila así. Leí que, por ejemplo, la probabilidad de éxito de la maniobra que se utiliza en caso de atragantamiento es muy alta incluso cuando se practica por personas sin experiencia. Sé que soy muy exagerada en ciertos temas, como éste, pero la realidad es que siendo como soy esto es lo mínimo que puedo hacer para sentirme tranquila. Y como no hago daño a nadie, no es un tema que me preocupe ni un rasgo de mi personalidad que me proponga cambiar. ¡Las hojas casi no pesan!   :)

Un beso.
Saporima.

PD. No tiene nada que ver, pero acabo de recordar que nuestra hija mayor eligió el nombre de la pequeña. La primera vez que le preguntamos qué nombre le gustaría nos respondió: “Marifresa”. ¡Dios mío! Tuvimos que cambiar de método. Mi marido y yo seleccionamos entonces cuatro o cinco nombres y le dimos a elegir entre ellos. Escogió el de su profesora, cosa que a ella, la profesora, le hizo mucha ilusión.   :)

Permalink 8 comentarios

La lluvia

Diciembre 20, 2009 at 5:36 pm (Cuentos)

“A veces llueve. Cuando menos lo esperas el cielo se cubre de nubes y la lluvia te cala los huesos.” Nunca salía sin paraguas. En verano y en invierno. Daba igual. Aquella lluvia podía aparecer en cualquier momento.

Un día, sin razón aparente, ella miró aquello desde una perspectiva distinta. “Quizá no hay nada malo en mojarme. En correr el riesgo de mojarme. ¿Por qué tomar tantas precauciones si realmente no es algo tan grave?”. Intentó seguir aquel impulso. Sacó el paraguas del bolso y se olvidó de él.

Algo estaba cambiando. Ella notaba que algo estaba ocurriendo, pero no sabía qué era exactamente. Algunas veces necesitaba llorar. Otras necesitaba chillar y ahogaba sus gritos en la almohada. Su cuerpo se estaba transformando. Se había armonizado. Todo encajaba a la perfección. Se había convertido, de la noche a la mañana, en una mujer preciosa.

Pero su mente no había sufrido los mismos cambios que su cuerpo. En aquel cuerpo de diosa seguía viviendo la misma niña asustada que temía que la hicieran daño.

Aquel cuerpo le abrió muchas puertas. Pero pronto volvían a cerrarse. Ella se sentía espectadora de su propia vida. No se implicaba. Sentía que aquel cuerpo no era suyo. Sentía que no la buscaban a ella.

Por un tiempo se refugió en su trabajo. Se sepultó bajo docenas de expedientes y casi hubiera dado su vida por cualquiera de ellos. Pero su más profundo subconsciente se estaba revelando. Ahí dentro la lucha estaba siendo feroz. Un deseo imperioso de disfrutar de la vida se estaba abriendo paso casi a puñaladas. La resistencia era muy grande pero día a día aquel deseo se hacía más fuerte y poderoso.

Una mañana los negros nubarrones avisaron a todo el mundo de que la lluvia era inminente. Menos a ella. Había estado tantos años sin prestar atención a esos indicios que tampoco esa mañana lo hizo y salió con su ligero bolso. Sin paraguas.

Al llegar a la calle un anciano le preguntó dónde había una farmacia. Ella se lo explicó pero se quedó con la sensación de aquel pobre hombre sería incapaz de encontrarla. Estaba demasiado lejos para unos pasos tan torpes y cortos. Mientras observaba cómo se alejaba comprendió que no le podía dejar solo, así que en dos zancadas le alcanzó y se ofreció a acompañarle. El hombre le contestó con una dulce sonrisa. La farmacia no estaba lejos, en realidad, pero aquel trayecto fue deliciosamente largo. Las gotas de lluvia empezaron a caer pronto. Ella no supo al principio muy bien cómo reaccionar, pero él parecía firmemente decidido a seguir avanzando, así que ella continuó a su lado. El anciano se comportaba como si no notase la lluvia y ella hizo lo mismo. En pocos metros estuvieron ambos calados hasta los huesos. Las ropas de ella se ajustaban con fuerza a su cuerpo. En un determinado momento él se paró en seco y giró su cabeza para mirarla. Ella estaba empapada. El poco maquillaje que llevaba se había corrido y el pelo caía laciamente a ambos lados de su cara. “¿De qué tienes miedo?” le preguntó. Ella no sabía qué responder. “¿A qué se refiere?”. “Eres preciosa, pero tus ojos están asustados. ¿De qué puede tener miedo una mujer como tú?”. Se quedaron en silencio durante unos segundos eternos. Ella notaba las lágrimas agolpándose tras sus ojos, pero las contenía con todas sus fuerzas. “Escucha. Una bella y deliciosa joven se ha ofrecido a acompañar a un anciano bajo una lluvia torrencial. No se ha quejado, ni ha intentado librarse de la carga cuando las condiciones han empeorado. Ha seguido sonriendo. Y el anciano se queda con su sonrisa y su actitud. Ahí dentro vive un ser humano especial que me hará sonreír en las frías noches de invierno. Ese ser humano merece ser feliz. Debes encontrar tu camino. Haz lo que tengas que hacer. Deshazte de lo que te tengas que deshacer. La vida pasa muy deprisa y tienes que saborearla antes de que se acabe”. Ella estaba llorando cuando él dejó de hablar. Llovía a mares y bajo aquella lluvia regeneradora se acercó a él y le besó. El anciano sonrió, llamó a un taxi, se despidió con la mano y se alejó. Ella empezó a correr en dirección opuesta hacia su casa. Subió corriendo, se cambió de ropa, se arregló de nuevo y salió a comerse el mundo.

Un beso.
Saporima.

Permalink 8 comentarios

¡Cumplimos un año!

Diciembre 13, 2009 at 12:24 am (personal)

Yo diría que todo esto empezó con el post de prueba del esquimal el 13 de diciembre de 2008 (de Ariovisto), así que, si mi interpretación es correcta, hoy se cumple el primer aniversario de esta pequeña comunidad de blogs. ¡¡Ya ha pasado un año!!

Mi valoración no puede ser más positiva. Me siento muy feliz de pertenecer a este pequeño grupo. Me encanta estar pendiente de si alguno de vosotros ha publicado algo. Me encanta leer lo que hayáis escrito y escribiros un comentario. Me encanta redactar un post cada sábado. Me encanta leer vuestras opiniones.

Me ayudáis a pensar, a estar informada, a descansar, a desconectar, a disfrutar… Me siento plenamente integrada y querida y doy gracias de haber nacido en una época que me ha permitido vivir un milagro como éste.

Odio la palabra “virtual”. Para mí esta experiencia no puede ser más real, sincera, tierna, generosa y enriquecedora. Yo era feliz antes de todo esto, muy feliz, incluso, pero ahora soy más feliz todavía. Se ha creado un precioso vínculo entre personas muy diferentes, con gustos diferentes, vidas diferentes, inquietudes diferentes pero que comparten, cuidan y miman un maravilloso tesoro. Nos tenemos los unos a los otros de forma incondicional. Sabemos que nos leeremos con interés, que pensaremos en lo que inquieta al otro, que le daremos nuestro punto de vista. No fallaremos. Siempre estamos. No ahora, quizá, pero sí en cuanto podamos, en cuanto tengamos un hueco, nos buscamos, nos cuidamos, nos mimamos.

Es un sitio cálido y acogedor. Me siento en casa. Felicidades a todos. Gracias.   :)

Un beso.

Saporima.

Permalink 4 comentarios

Sueños y canciones

Diciembre 12, 2009 at 2:01 pm (personal)

Cuando tenía 15 años y se hacía de noche a veces pensaba: “Dios mío. Mañana clase a las 8. ¡Qué horror!”, pero entonces mi mente me decía: “¡Oye! ¡Todavía queda algo chulo antes de eso!”. “¿Qué queda?” – pensaba yo. “¿Qué queda? Mmmmm”. “¡¡Ah!! ¡¡Todavía tengo que soñar un rato!!” (o medio soñar, medio imaginar, hasta que me quedaba dormida). No sé qué soñaba a esa edad. No me acuerdo. Pero sí recuerdo esa sensación. Primero el agobio, luego pensar que algo bueno me estaba esperando y después de un instante caer en la cuenta de qué era ese algo bueno.

Siendo un poco más pequeña tenía un sueño preferido que se repetía con frecuencia. Yo vivía en una casa de madera en medio de un bosque. Estábamos en guerra. Un día un paracaidista del bando contrario caía del cielo, herido, cerca de mi casa. Yo lo encontraba, lo escondía y lo cuidaba día tras día.

A esas edades mi familia y yo aún vivíamos en Madrid. Nos fuimos, porque trasladaron a mi padre, cuando yo tenía 16 años. Recuerdo que en invierno a veces tenía los pies helados. No he vuelto a sentir tanto frío en los pies desde que me fui. La ventana de mi cuarto daba a una terraza y en esa terraza había un termómetro que yo veía desde mi ventana. Y se me grabó un dato: con 11ºC hace frío y hay que llevar abrigo. ¿Por qué se recuerdan ciertas cosas y no otras? Recuerdo que volvíamos a casa desde el colegio paseando por unas vías muertas de tren. Recuerdo que en primavera el camino se llenaba de flores. Amapolas.

Cuando era aún más pequeña y jugaba con muñecas con la hermana con la que me llevo un año (yo soy la mayor de cuatro: tres chicas y un chico) era habitual que ella acabase decidiendo que alguien moría. Entonces ella cogía la muñeca, la colocaba en posición horizontal y comenzaba a elevarla hacia el cielo tarareando una melodía fúnebre que aún resuena en mi mente cuando evoco ese recuerdo. Yo protestaba, y quizá lloraba, estirando los brazos para intentar quitarle la muñeca y conseguir que volviese a tierra.

Hasta no sé qué edad ella y yo dormíamos en el mismo cuarto. Teníamos un mueble con dos camas abatibles similar al de la foto, aunque el nuestro estaba lacado en un precioso color azul intenso. Recuerdo una noche en la que tardamos mucho tiempo en dormirnos. Yo me empeñé en que ella se aprendiese una canción y la repetimos una y otra vez. Creo que ella acabó hasta el moño de mí y de la cancioncita. Triste como ella sola, por cierto. ¿De dónde saqué yo esa canción? Ni idea. Aún recuerdo letra, creo, tengo que ir cantándola para poder transcribirla:

Madrugaba el conde Olinos
mañanita de San Juan
a dar agua a su caballo
a las orillas del mar.
Mientras el caballo bebe
canta un hermoso cantar.
Las aves que iban volando
se paraban a escuchar.
Bebe, mi caballo, bebe.
Dios te me libre del mal,
de los vientos de la tierra
y de las furias del mar.
Desde las torres más altas
la reina le oyó cantar.
Mira, hija, cómo canta
la sirena de la mar.
No es la sirenita, madre,
que esa tiene otro cantar.
Es la voz del conde Olinos
que por mí penando está.
Si es la voz del conde Olinos,
yo le mandaré matar
pues para casar contigo
le falta sangre real.
Guardias mandaba la reina
al conde Olinos buscar.
Que le maten a lanzadas
y echen su cuerpo a la mar.
La infantita con gran pena
no cesaba de llorar.
Él murió a la medianoche
y ella a los gallos cantar.

Por curiosidad, acabo de buscar en google el Romance del Conde Olinos para comprobar cuánto se desvía mi recuerdo del romance real. He encontrado este texto. ¡¡Se parecen mucho!!    :)

Romance Del Conde Olinos
Canciones infantiles

Madrugaba el Conde Olinos,
mañanitas de San Juan,
a dar agua a su caballo
a las orillas del mar,

Mientras el caballo bebe,
se oye un hermoso cantar;
las aves que iban volando
se paraban a escuchar.

Desde las torres más altas
la Reina le oyó cantar.
-Mira hija, como canta
la sirenitadel mar.

-No es la sirenita, madre,
que ésta tiene otro cantar;
es la voz del Conde Olinos
que por mí penando está.

-Si es la voz del Conde Olinos
yo le mandaré matar;
que para casar contigo
le falta sangre real.

-No le mande matar, madre,
no le mande usted matar;
que si mata al Conde Olinos
a mí la muerte me da.

Guardias mandaba la Reina
al Conde Olinos buscar,
que le maten a lanzadas
y echen su cuerpo a la mar.

La infantina, con gran pena,
no cesaba de llorar.
Él murió a la media noche
y ella, a los gallos cantar.

Mi marido dice que no conoce a nadie que sepa tantas canciones como yo. Se refiere a canciones de niños. Y exagera como él solo, pero es cierto que con mucha facilidad las cosas me recuerdan canciones de cuando yo era pequeña. Siempre que íbamos en coche mis padres, mis hermanos y yo íbamos cantando (bueno, mi padre sólo conducía y soportaba estoicamente nuestros cánticos). Supongo que era la forma de que cuatro monstruos se portasen bien en un coche, no se mareasen y no protestasen. Pero la canción del conde Olinos no me la enseñó mi madre. De haber sido así, mi hermana ya se la hubiera sabido. No la vinculo al coche, solo a aquella noche. No sé. Seguro que ella también se acuerda. Tiene mucha mejor memoria que yo. Se lo preguntaré.    :)

Un beso.

Saporima.

Permalink 1 comentario

Siguiente Página »