Pan y bicis
Pan
El otro día salíamos con prisa las niñas y yo hacia la parada de autobús. Se iban al colegio. Al llegar a la calle, la pequeña me dijo que quería pan. Casi enfrente de casa hay una panadería, así que, a pesar de las prisas, cruzamos adrede y entramos. La panadera estaba preparando bandejas con pasteles para un señor y una señora y su hijo estaban esperando. Oí como el niño, mientras señalaba la nevera, le decía a su madre que también quería zumo. “Sí. Sí. Cuando nos toque” – le contestó ella.
La panadera nos conoce perfectamente. Con mucha frecuencia pasamos por allí por las mañanas y compramos un panecillo. 30 céntimos. Como teníamos prisa, mientras colocaba 30 céntimos en la repisa, le dije a la panadera si podía darme un panecillo de los de siempre sin bolsa ni nada. Era la primera vez que yo hacía algo parecido. Ella tenía los panecillos justo al lado. La operación que yo pedía podía llevarle, sin exagerar, dos segundos. Pero a la panadera no le dio tiempo a reaccionar. La señora que, efectivamente, iba antes que yo me dijo en tono airado que para eso estábamos todos, para comprar el almuerzo para el colegio, y que yo tenía que esperar. Yo le dije que no se preocupara. Que me iba. Cerré la mano sobre las monedas que aún no había liberado totalmente y las niñas y yo salimos sin el pan. Afortunadamente, mi hija pequeña no protestó. Imagino que percibió que algo había ocurrido y se resignó a no comer pan de camino al autobús. Mi hija mayor hizo que le explicara lo ocurrido varias veces. Yo le decía que efectivamente colarse no estaba bien, pero que lo que yo había hecho, aunque estrictamente hablando puede ser considerado así, desde mi punto de vista representaba tan poco (poquísimo) perjuicio para los demás y tanto beneficio para nosotras, que yo opinaba que el hecho de criticar mi acción era una reacción totalmente desproporcionada e injusta.
Como os podéis imaginar soy la típica persona que no se cuela nunca (casi nunca, si incluimos lo del otro día) y que me traten como si yo fuese de ese tipo de personas no me hace ninguna gracia. Mi hija me conoce y espero haber sido capaz de convencerla de que incluso en esa ocasión yo no había obrado mal.
Cuando dejé a las niñas en el autobús el incidente seguía dando vueltas en mi cabeza. Llegué a casa, cogí la bici, bajé a la calle y la nube negra seguía ocupando todo mi cerebro. Cuando empecé a circular decidí que no quería que ese estúpido acontecimiento me estropeara el trayecto, así que comencé a intentar librarme del nubarrón. Me esforzaba por encontrar un pensamiento positivo totalmente ajeno a aquella historia y centrarme en él. Lo conseguía parcialmente, volvía la nube, volvía a empujarla hacia el exterior, recuperaba el pensamiento positivo, sonreía, se asomaba la nube, yo le cerraba la puerta con fuerza, me agarraba al pensamiento positivo, pedaleaba, pedaleaba más rápido… Y al final gané. La nube se quedó atrás en el camino.
Una vez en el trabajo recibí una llamada de mi padre. Me dijo que había ido a comprar pan y que la panadera le había contado lo que había ocurrido y le había regalado un panecillo para mí pidiéndole que me lo entregara. Bueno. Me alegro. Aún no he vuelto a verla. Le daré las gracias cuando lo haga.
Bicis
Por un cúmulo de circunstancias ayer no cogí la bici para ir a trabajar. A la ida fui en coche con mi marido y a la vuelta regresé caminando y aproveché para comprar el regalo de cumpleaños de mi hija pequeña en una tienda de juguetes didácticos que me gusta, pero que me pilla un poco lejos de casa (por el centro). Al salir de la juguetería me encontré con una manifestación de bicicletas y fui paseando junto a ellas un buen rato. Las bicis circulaban por la carretera ocupando todos los carriles y yo iba por una de las aceras. Periódicamente gritaban estas frases:
“Carril bici YA por toda la ciudad”
“Con la bicicleta cuidamos del planeta”
“No contamina ni gasta gasolina”
Había muchas bicis. Yo diría que varios centenares. Muchos ciclistas iban vestidos de forma estrafalaria. Otros iban disfrazados. Y muchos eran muy jóvenes. No me sentí muy identificada con ellos. No sé. Aunque me resultaban simpáticos. Fui sonriendo a su lado. Es posible que con este tipo de iniciativas se consiga que el Ayuntamiento invierta más dinero en ampliar la red de carril bici y en mantener la existente. No hace mucho tiempo llamé al teléfono de atención al ciudadano para informar del mal estado del carril bici en un determinado tramo por el que yo circulo. Los baches en esa zona son un auténtico peligro, especialmente cuando no hay mucha luz. Se tomaron nota de mi comentario y me pidieron el número de teléfono. Cuando colgué pensé que esa llamada era lo mínimo que yo podía hacer, aunque probablemente no serviría para nada, y que quizá si todos los usuarios hiciéramos algo parecido las cosas tardarían menos tiempo en arreglarse. Pero es muy posible que una llamativa manifestación sea algo mucho más efectivo. ¡Ojalá!
Un beso.
Saporima.
Vértigo
Estoy dormida y una molesta sensación me despierta. La primera vez que me ocurrió sentí auténtico pánico y desperté a mi marido pidiendo auxilio. No sé describir la sensación. Yo lo llamaría vértigo. Mi cuerpo reacciona aferrando las manos a la cama y tensando los músculos. La sensación dura pocos segundos. A partir de aquella primera vez, dejé de despertar a mi marido cuando volvía a ocurrirme. Seguía pasándolo mal, es muy desagradable, pero al menos ya sabía que duraba poco. En aquellas primeras ocasiones consulté a un par de médicos de cabecera y ninguno le dio mayor importancia. Ahora ya hace mucho que no me sucede. Supongo que estaba vinculado a situaciones de estrés y de cansancio. Siempre me ha ocurrido estando dormida. Salvo una vez…
Hace unos años me apunté a yoga y estuve yendo un cuatrimestre. Supongo que no era lo que yo buscaba. Me gustaba la música, pronunciar aquellas extrañas palabras y sentir cómo vibraban en la boca, focalizar mi atención en un punto, visualizarlo, ser capaz de centrarme en el presente (nos prohibían volar al pasado o imaginar el futuro)… Pero había que hacer ejercicios físicos que a mí me resultaban sumamente complicados. Y en esas condiciones yo no me podía relajar. ¡Y yo me quería relajar! Así que no continué el cuatrimestre siguiente. Uno de aquellos días, la profesora nos pidió que nos tumbáramos. Yo lo hice, como todos. Siempre, o al menos hasta donde alcanza mi memoria, me he sentido incómoda estando tumbada sin tener algo bajo la cabeza. Muchas veces he creído sentir que si seguía en esa postura se desencadenaría la desagradable sensación que desestabiliza mi organismo y me aterra. Por eso siempre evito apoyar la cabeza directamente sobre la superficie en la que reposa mi cuerpo, y la elevo con algo, una almohada, un cojín, mi propio brazo… Pero aquel día estando en yoga la sensación dio un paso más allá. Sentí, o creí sentir, que el vértigo se iniciaba y no pude evitar soltar un chillido de pánico. Me incorporé con brusquedad huyendo de aquella postura (cosa que no hago cuando duermo, ahora que lo pienso) y miré a mi alrededor. Todos estaban tumbados. Se estaban relajando progresivamente siguiendo las indicaciones de la melódica e hipnotizante voz de la profesora. Me pareció que no me habían escuchado. Tampoco ella pareció sorprendida. Es como si no hubiera ocurrido. Pero yo juraría que ocurrió. Juraría que grité…
Lo que sí sigue sucediéndome es despertarme sobresaltada al poco tiempo de haberme acostado, convencida de que he olvidado hacer algo importante, normalmente relacionado con las niñas. Me levanto de la cama y busco a mi marido por la casa. Como normalmente él se acuesta después que yo, y me despierto al poco tiempo de haberme quedado dormida, lo normal es que él siga en pie. Siempre me dice que no pasa nada, que me acueste, que estoy soñando. Yo suelo estar completamente convencida de que en esa ocasión existe una razón real que justifica que me haya levantado. Intento explicárselo, pero el sueño empieza a desvanecerse y no soy capaz de articular frases con sentido. Entonces vuelvo a la cama y sigo durmiendo.
Otra cosa que me ocurre, aunque no de forma tan frecuente, sino únicamente cuando estoy especialmente nerviosa, es tener la sensación de que me falta aire para respirar. De que tengo que esforzarme en cada inspiración para poder llenar de aire los pulmones. Es un claro síntoma de estrés y no soy capaz de relajarme estando así.
A veces, cuando voy en la bici y hace buen día aprovecho los semáforos en rojo para orientar mi cara buscando el sol. Cierro los ojos y en unas décimas de segundo veo una pantalla completamente roja. Y me siento como la momia de Ramsés el Maldito absorbiendo con avidez la energía de cada rayo. Busco la sensación de paz. Necesito esa sensación. Creo que estoy en el buen camino. Quiero creer que dentro de no mucho tiempo ya no me despertaré por las noches, igual que hace tiempo que ya no tengo sensación de vértigo. Quiero creer que cada vez serán menos las ocasiones en las que note falta de aire. Todo está bien. Descansa. Vive. Disfruta.
Un beso.
Saporima.
El sueño de toda mujer
Cansado y con cara de pocos amigos se levantó de la cama, el pelo enredado y los ojos somnolientos se reflejaron en el espejo. Alzó la vista y se echó una ojeada. Se puso la bata y las zapatillas, bajó las escaleras y entró en el cuarto de baño. Olía a rayos, como siempre. Al instante alguien golpeó débilmente la puerta: “¿Está ocupado?”.
- Sí – contestó malhumorado.
No se apresuró lo más mínimo. Cuando terminó, abrió la puerta y salió. A su lado estaba una muchacha gris, oscura. Por un momento la miró y su expresión se suavizó pero el timbre de la puerta le devolvió a la realidad y se apresuró escaleras arriba.
Se vistió y peinó y, aunque no solía hacerlo, recogió la ropa del día anterior. Una vez preparado, bajó de nuevo la escalera. La figura gris ya no estaba junto a la puerta.
- Buenos días.
- Buenos días – contestó con voz dulce la dueña de la casa - ¿Qué tal ha dormido?
- Bien. Gracias.
Pan tostado con mantequilla y café. Siempre igual. Hacía buen día. Comenzaba el ruido en la calle. Levantó la mirada. La muchacha gris, ahora vestida de luz, estaba frente a él. Sin decir nada, siguió con su desayuno.
- Diego, tengo que presentarte a una nueva inquilina. Se llama Inés.
- Encantado – Dijo él escuetamente.
Cuando terminó de desayunar se levantó. Y la muchacha gris también lo hizo. En la puerta del comedor ella le preguntó si llevaba mucho tiempo viviendo allí. “No. Bueno… En cierto modo, sí”. “No te entiendo” dijo ella. Asombrado giró la cabeza. Apenas la había mirado. “No. Claro”. Hizo ademán de marcharse sin querer dar más explicaciones, pero ella volvió a intentar iniciar una conversación. Esta vez él contestó con un gruñido y se alejó caminando.
Los ojos de la chica se humedecieron. Cruzó el vestíbulo rápidamente, abrió la puerta de la calle y salió. Era invierno. La noche anterior había llovido intensamente. No llevaba abrigo. Echó a correr. Las lágrimas resbalaban a borbotones por sus mejillas. De pronto sintió a alguien a su lado. Reconoció el traje pero no quiso mirar. Se cubrió la cara con las manos y cambió de rumbo, pero él también lo hizo y finalmente la obligó a detenerse. Ella desvió la cabeza. No quería mirarle. Él la cogió por la barbilla y giró su cara. Ella cerró los ojos. Sentía su mano en el brazo izquierdo y la barbilla le ardía. El corazón le latía deprisa.
- ¿Qué te pasa? – Preguntó él.
- Suéltame – Dijo ella.
- ¿Qué te he hecho? – Añadió él.
- Suéltame – Repitió ella.
- No quiero – Contestó él mientras las lágrimas de ella mojaban la mano con la que él sostenía su barbilla – Mírame – Susurró esta vez él con tono suplicante.
Ella lloraba amargamente pero abrió los ojos. Él la soltó y ella se dirigió hacia él buscando cobijo. Él la rodeó con sus brazos. Ella apoyó la cabeza en su hombro. Se tranquilizó, pero no se movía. Él la sujetaba con fuerza. No hablaban. Ella comenzó a tiritar. Él la separó lentamente, con suavidad, se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros. Con el brazo por detrás de su espalda, sujetándola por la cintura, volvieron a casa.
Un beso.
Saporima.
PD. Lo siento chicos, las chicas somos un poco cursis, aunque solo a veces. O quizá siempre… No sé… Pero disimulamos a menudo.
Una sorpresa
Sonó el despertador. Abrió los ojos. Se levantó despacio. Se recogió el pelo con la goma que llevaba en la muñeca. Se asomó a los cuartos de los chicos. Dormían. Sonrió. ¡Qué mayores se habían hecho! Ayer mismo eran unas cositas pequeñas y delicadas que giraban a su alrededor y la necesitaban con todo su alma. Ahora eran tan mayores. Tan independientes. Tan maravillosos. Qué rápido habían crecido. Cómo le gustaría volver a saborear los deliciosos momentos pasados. ¡Eh! ¡Despierta! Se dijo a sí misma. ¡Quedan muchos deliciosos momentos futuros! Es verdad. Pensó. Y volvió a sonreír.
Hacía más frío que los días anteriores y estaba más oscuro. Se tomó un café con leche y dos galletas. Se arregló y salió de casa.
Como cada mañana fue a la oficina. Siempre llegaba la primera. Sacó la llave de su bolso y abrió la puerta. A medida que iban llegando sus compañeros, ella les recibía con una cálida sonrisa. Tenía una sonrisa contagiosa que invitaba a sonreír. Una sonrisa que llegaba al corazón del otro, cogía delicadamente las penas que había dentro y las guardaba en un cajón. Levantaba la vista. Sonreía. Y seguía trabajando.
En otro punto de la ciudad alguien pensaba en ella en ese momento. Alguien que había disfrutado de sus sonrisas como nadie. El libro estaba en la mesa del ordenador. Lo había buscado durante días. La noche anterior se lo comentó durante la cena. Ella pareció no prestar atención mientras bromeaba con sus hijos. Y sin embargo, allí estaba el libro. Lo había buscado para él y se lo había dejado junto al ordenador. Había una nota. “¡Qué pases un buen día! Un beso”. Sonrió. Sonrió pensando en su sonrisa. En sus ojos. Y también él notó cómo sus penas salían del corazón y se escondían en un cajón. Volverían en otro momento, ya lo sabía, pero para entonces ya tendría una nueva sonrisa con la que hacerles frente. ¡Qué fácil era ser feliz junto a ella!
El día transcurrió con calma. Aquella tarde habían quedado en ir juntos de compras. Le encantaba que él la acompañara. Le cogía la mano con dulzura y dejaba que él la guiase. Aquí y luego allí. Ahora esto, después lo otro. Como él quisiera. Realmente le daba igual. Sólo quería estar con él. Donde fuera. Qué más daba.
Y el broche final. Esa noche el festival de Eurovisión. Los cuatro juntos. Cada uno con su cuaderno y su bolígrafo. Escucharían las canciones, cada uno elegiría sus preferidas y, lo más importante, compartirían un año más una noche especial. En el fondo sólo querían estar juntos. Donde fuera. Qué más daba. Y ella los miraría de reojo. Uno a uno. Allí estarían. Su familia. La razón de su existencia. Qué paz sentía cuando estaban todos juntos. Qué mayores se habían hecho. ¡Cómo deseaba que fueran tan felices con sus medias naranjas como ella lo era con la suya! Aquella noche volvería a sonreír. Como cada noche.
PD. Con lo que yo imagino de ti he construido este cuento. Espero que te haya gustado. ¡¡Feliz Cumpleaños!! Un beso muy muy fuerte.
Saporima.
Desfile de moros y cristianos
Hace varios años alguien me dijo que hay dos clases de personas: las que necesitan que ocurra algo extraordinario en sus vidas para sentirse felices y a las que les basta con, por ejemplo, que el agua salga calentita de la ducha (recuerdo cómo dijo “calentita”, entrecerrando los ojos, sonriendo con suavidad, y encogiendo levemente el cuerpo como si estuviese recordando en ese preciso momento la sensación que le producía el agua).
Muchas veces desde entonces he recordado aquello. Reconozco que la mayor parte de ellas cuando me estoy duchando. En esos momentos me concentro al máximo y cada una de las terminaciones nerviosas de mi piel recibe el agua con los brazos abiertos. ¡Qué agradable!
Estar atento al presente. Como me dijeron en el cursillo que os conté hace poco. ¡Qué fácil parece, pero qué fácil es perder la atención! Eso sí, cuando se logra tienes la sensación de que el tiempo no se escurre entre tus dedos, sino que tus manos son capaces de atraparlo y se queda ahí, disolviéndose poco a poco, hasta hacerse tuyo.
Ayer fui con las niñas a un desfile de moros y cristianos. Mi mente estaba despejada de nubarrones y perfectamente preparada y deseosa de disfrutar al máximo de aquella experiencia. Presentía que me encantaría y deseaba dejarme atrapar por aquel momento. No estuvo mal, la verdad, pero me quedo ganas de repetir para vivirlo mejor.
Al poco tiempo de llegar y elegir un sitio, mi hija mayor se puso de mal humor. La pequeña se había quedado dormida en la silla y cuando empezó el desfile mi hija mayor quiso despertarla. Al principio yo me resistí a darle permiso, pero después, viendo lo deseosa que estaba de compartir con la pequeña aquella experiencia, la dejé intentarlo, pero la pequeña llevaba demasiado poco tiempo dormida como para que fuese sencillo sacarla de su sopor. La mayor se puso de mal humor y se alejó unos metros de nosotras. Yo no dejaba de mirarla, pero a ella los demás la veían sola, con cara tristona, apoyada en el portal de una casa. El policía que estaba por la zona la vio (también a mí) y se acercó a ella para intentar animarla. ¡Le estaba hablando un policía! Yo a su edad me habría desmayado, pero ella no cambió de actitud. Al final, volvió con nosotras, pero no quería prestar atención a los soldados cristianos que ya estaban pasando con sus trajes y espadas. Como estábamos un poco separadas de la gente, no teníamos buena visibilidad, así que el policía volvió a acercarse a nosotras y le ofreció a mi hija sentarse en su coche (¡en su coche de policía!). Ella rechazó el ofrecimiento. Yo intenté convencerla, pero no hubo forma.
En vista de que estaba siendo imposible saborear aquellos momentos nosotras dos solas, me esmeré en intentar despertar a la pequeña y al final lo conseguí. “¡Ya están aquí los soldados. Mira!” Al final abrió los ojos y la cogí en brazos para que pudiera ver algo. ¡Cómo pesa! Con semejante peso encima es difícil saborear nada y además nuestra posición no era perfecta. Veíamos bien cuando los soldados estaban muy encima, pero no podíamos ver cómo se acercaban. Las niñas estuvieron muy atentas, aunque acabaron cansándose y nos fuimos antes de que hubiese terminado.
El largo camino de vuelta fue mucho más animado. Mi hija mayor se lo pasó en grande intentando subirme la camiseta para demostrar que debo adelgazar unos kilos. ¡Qué gamberra! Se rieron de buena gana a mi costa la pareja de gamberras. Aunque me temo que tienen razón y estoy empezando a pensar seriamente en buscar alguna tabla de ejercicios a los que pueda hacer un hueco en mi vida. No pueden ser agotadores abdominales, por ejemplo, porque la sola idea de sufrir de esa manera, hace que me sienta incapaz incluso de intentarlo un único día aislado. Algo encontraré. Solo necesito un poco de tiempo para planificarlo.
Un beso.
Saporima.
Una tarde de compras
Hace unos días un amigo me pidió que le acompañara hoy por la tarde a comprarse ropa. Nuestra hija mayor se ha ido con mi hermana y su familia al cine y la pequeña ha ido con mi marido a casa de sus tíos. Así que, una vez todo organizado, he cogido mi mochila y una chaqueta por si refrescaba y he salido.
Hacía una tarde espléndida. Mi amigo quería que fuésemos a una tienda, donde ya había medio mirado la ropa, que está cerca de su casa, en el centro, relativamente lejos de la mía. “Vente en metro”, me ha dicho. Pero yo no podía desaprovechar la oportunidad de ir paseando y mucho menos siendo que tenía que ir al centro.
La última vez que recorrí las mismas calles que he recorrido hoy fue este verano, un día maravilloso e inolvidable que mi familia y yo compartimos con unos muy buenos amigos. Me encanta pasear por allí. Tener la sensación de estar recorriendo el mismo camino que otras personas recorrieron hace muchos años… Pasear con la vista hacia arriba disfrutando de edificios y monumentos…
No sé por qué hoy me he fijado más que otras veces en la gente con la que me cruzaba… Estaba siendo testigo de pequeños, diminutos, fragmentos de sus vidas… Cuando pasaba junto a la catedral he adelantado a unos padres que caminaban junto a sus hijos. Ella era china y él supongo que español. Los niños parecían chinos vistos de espaldas. El mismo tipo y color de pelo, el mismo corte de cabeza. Igual que mi hija. Pero cuando se han girado, sus caras no eran chinas… ni españolas… Eran una preciosa mezcla de rasgos. ¡Qué guapos!
La calle donde hemos quedado está cerca de la estación de tren y era impresionante lo abarrotada de gente que estaba… Anchas aceras repletas de hombres y mujeres que caminaban lentamente al ritmo de la muchedumbre… ¡Qué barbaridad!
Una vez en la tienda, mi amigo se ha estado probando ropa y al final se ha comprado un montón de cosas: tres pantalones, una camisa, una chaqueta y una cazadora. Desde luego, nos ha cundido el tiempo, pero también es verdad que el proceso resultaba sencillo. “¿Te gusta?” “Sí”. Se lo probaba, le quedaba bien y se lo quedaba. Sencillo. Cuando se acercaba la joven dependienta de la tienda, yo intentaba alejarme un poco para no incordiar… He pensado que a mi amigo le gustaría poder flirtear con ella con tranquilidad…
Al salir de allí él ha comprado un par de cosas más en una tienda que nos pillaba de paso y después hemos ido caminando hacia su casa. Pero… ¿sabéis dónde vive? ¡Al lado de la tienda de abalorios que visité hace varios meses (en el mes de febrero)! He llamado a mi marido. “Hemos terminado las compras importantes. Pero si la cría está bien, me gustaría pasar un rato por la tienda de abalorios. ¿Qué me dices?”. “Sin problemas. Estamos muy bien”. ¡Genial!
La tienda me ha resultado igual de encantadora que la otra vez. He aprovechado para comprar el regalo de cumpleaños de la amiga que me acompañó aquella vez a esa misma tienda. Cuando salimos de allí en aquella ocasión ella me dijo. “Bueno. Ahora ya sabes qué quiero para mi próximo cumpleaños. Que me hagas un collar”. He cumplido parcialmente su deseo… En vez de hacer yo misma el collar, he mirado con detenimiento las decenas de collares que tenían expuestos, he elegido el que más me ha gustado y se lo he comprado. Y… Bueno… Ya que estaba por allí… Me he comprado unos pendientes… ¡¡Esta vez sólo tres pares!! (son muy baratos… si fuesen más caros, no me hubiera comprado ni un solo par, pero siendo así…).
Al salir de la tienda nos hemos separado. A mí me quedaba por delante otro agradable paseo desde la estación de tren hasta mi casa. Paseo que, por supuesto, he saboreado al máximo. Me gusta mi ciudad.
Un beso.
Saporima.
Algunas ideas (I)
Imagino que no os sorprenderá saber que tengo una carpeta en casa con unas cuantas hojas que contienen aquellas ideas que he leído o que me han contado en alguna ocasión y que me han parecido especialmente interesantes y que no quiero olvidar. Hoy he cogido esa carpeta. Hacía tiempo que no lo hacía. De hecho he tenido que buscar un poco por el cuarto hasta encontrarla.
Una de las hojas que contiene la carpeta es un resumen que preparé de un cursillo al que asistí en la Universidad en el año 2005. El cursillo fue impartido por una psicóloga de mediana edad, delgada y exquisitamente vestida y arreglada. Daba gusto mirarla. Ya no era joven, ni mucho menos. Siendo joven es mucho más fácil resultar encantador. Pero ella, aunque era mayor, sí resultaba encantadora, o al menos, a mí me lo parecía.
Las ideas que anoté en aquel resumen fueron las siguientes:
1) Mírate. Gústate. Valora tus cualidades. Admite tus limitaciones. No eres perfecta. ¡Claro! ¡Como todos!
2) Haz ejercicio.
3) No te dejes llevar por la corriente. Piensa. ¿Qué deseas hacer? Toma una decisión. Llévala a cabo. Disfruta.
4) Plantéate qué pasaría si dejaras de hacer algo que no te apetece.
5) Equilibra la balanza de tu vida. Oblígate a que haya gratificaciones. Si no es así, serás infeliz y harás infelices a los demás.
6) Da afecto y lo recibirás. Pregunta. No adivines. Pide. No esperes a que te adivinen.
7) Las emociones son una señal de que algo ocurre. Identifica qué pasa. Para. Piensa. ¿Qué puedo hacer para sentirme mejor? ¡Sal pronto de la espiral! ¡Si dejas que crezca la emoción, no podrás controlarla! La emoción inunda… No te deja pensar…
Puse en práctica la idea número 6 de forma inmediata. En concreto su parte final: “Pide. No esperes a que te adivinen”. Es curioso como a veces ideas muy sencillas y aparentemente obvias pueden mejorar sensiblemente tu relación con los demás. ¿Por qué esperar a que el otro se dé cuenta de que estoy agotada, de que el día ha sido difícil, de que ya no puedo más, de que necesito ayuda? Es distinto a mí. No tiene por qué saber interpretar las señales codificadas que emite mi organismo. ¡Pide ayuda! ¡Ya está! ¡Así de fácil! La clave para que el método funcione a la perfección es no llegar al límite absoluto de las fuerzas antes de pedir ayuda. Porque si llegas a ese límite, es muy probable que no seas capaz de pedir ayuda con dulzura. Y si no pides ayuda con dulzura, es muy fácil que el otro se ponga a la defensiva y ya no sea capaz de prestarte la ayuda que tanto necesitas.
Ese mismo año (2005) asistí a otro cursillo en la Universidad (¿qué me pasaría a mí aquel año, que me dio por apuntarme a este tipo de cursillos?). Aquel fue impartido por un señor también de mediana edad. Muy moreno y muy delgado. Fibroso. De aquel cursillo guardé en mi carpeta azul una hoja con una síntesis de los apuntes que tomé (apuntes que habré guardado en algún lugar que no recuerdo). Básicamente la hoja pone:
1) Tu atención debe ser total en todo momento. Atenta a lo que ocurre a tu alrededor y a ti misma, a lo que sientes. Centrada en el presente. En el instante actual.
2) Comprueba tu actitud periódicamente. ¿Es la correcta?
3) Tú eres la única responsable de tu comportamiento. Da igual lo que hagan los demás.
4) Intenta detener el diálogo interno automático. Si quieres pensar, piensa. Pero no dejes que tus pensamientos den vueltas y vueltas en tu cabeza, sin que tú hayas decidido ponerte a pensar.
5) Siente. Disfruta. Experimenta.
Un beso.
Saporima.
Nuestra nueva secadora
Desde hace unos años usamos mucho la secadora en casa. Es una herramienta que contribuye a disminuir el tiempo que la ropa está por en medio y, por tanto, nuestro caos habitual es algo menor de lo que podría ser. Hace unos días se estropeó y la última que vez que lo hizo ya decidimos que la siguiente vez que ocurriese cambiaríamos de secadora. Ya no merecía la pena seguir invirtiendo dinero en un electrodoméstico que llevaba tiempo dando problemas. Una tarde mi marido, nuestra hija pequeña y yo fuimos a comprar una nueva. Nos atendió una chica muy agradable. Mientras la pequeña correteaba de arriba a abajo perseguida por su padre la dependienta me enseñó los distintos modelos, me hizo algunas preguntas, yo otras a ella y finalmente me recomendó escoger entre dos modelos concretos. Elegí una, pregunté a mi marido su opinión, me dijo que confiaba en mi criterio, pagamos y al día siguiente ya la teníamos en casa.
Aquella misma tarde la probé. Todo fue bien, pero me di cuenta de que era necesario invertir el sentido de apertura de la puerta. Ya nos había ocurrido lo mismo años atrás con nuestra primera secadora y en aquella ocasión fue algo fácil. Al día siguiente mi marido se puso manos a la obra… En las instrucciones no indicaba cómo llevar a cabo el cambio… Ponía que era necesario recurrir al servicio técnico… Aún así, como parecía sencillo, lo intentó. Tras quitar varios tornillos llegó a un punto en el que pudo comprobar que, efectivamente, faltaban piezas. Vaya…
A la mañana siguiente llamé al servicio técnico. Temía que aquello costase dinero… Lo pregunté y me confirmaron que efectivamente así era. La garantía no cubría aquel cambio. Le comenté a aquella chica que me parecía algo inconcebible y ella me sugirió que llamase al Servicio de Atención al cliente del fabricante. Así lo hice y allí me dijeron que si yo quería un sentido de apertura de la puerta de la secadora distinto al que se instala en fábrica, eso puede hacerse, pero cuesta dinero.
Mi siguiente paso fue llamar a la tienda donde compré la secadora. Me parecía abusivo que el fabricante hubiera ideado un mecanismo de cambio de sentido de apertura de puerta que exigiese recurrir al servicio técnico, pero a fin de cuentas eran sus reglas del juego, siempre podías simplemente no aceptarlas y comprar una secadora de otra marca… Pero… ¿quién me había avisado a mí de que esas eran las reglas del juego? Yo elegí una secadora creyendo que costaba una determinada cantidad de dinero y luego descubrí que realmente era bastante más cara.
La primera persona con la que hablé me pasó con la encargada. Le expliqué la situación y me dijo que desde hace unos años algunas marcas han decidido que sea imposible para el usuario llevar a cabo él mismo el cambio de sentido de apertura de las puertas de sus electrodomésticos. “Nosotros no tenemos la culpa de que sea así”. “Por supuesto que no”, dije yo. “Pero yo considero que sí es vuestra obligación informarme”. “¿Puedo devolver la secadora?” Pregunté. “¿La has utilizado ya?”. “Sí”. “Entonces me temo que no…”.
La encargada me dijo que hablaría con el servicio técnico para preguntar si se podía hacer algo y que volverían a ponerse en contacto conmigo. Pocos días después recibí la llamada de la vendedora que me había atendido el día de la compra. Ella me dijo que yo no le había preguntado si el cambio de sentido de apertura de la puerta iba a costarme dinero. Si lo hubiera hecho, ella, por supuesto, me lo habría dicho. “¡Cómo voy a imaginar yo que algo así puede costar dinero si hace unos años yo compré una secadora y no hubo ningún problema en cambiar el sentido de apertura de la puerta en casa! Considero que mi nivel de responsabilidad en este asunto es cero y que debería haber sido informada de que en caso de necesitar un sentido de apertura diferente al que estaba viendo en ese momento en el aparato expuesto en la tienda, la operación me costaría una determinada cantidad de dinero”. La chica no se disculpó. Yo habría entendido un olvido, pero no que ella considerase que yo era la responsable de lo que había ocurrido por no haberlo preguntado. Me pareció indignante. Le dije que me decepcionaba su respuesta y que me plantearía seriamente poner una reclamación. “Hablaré con mi encargada para intentar arreglar el problema” me dijo. Al cabo de unas horas volvió a llamarme y me comentó que si me parecía bien, ellos pagarían la mitad de lo que me cobrasen los del servicio técnico y yo tendría que hacerme cargo de la otra mitad… En fin… Tampoco quise dar más vueltas al asunto y acepté el trato. Espero que a partir de ahora incluyan en su protocolo de descripción de aparatos comentar el hecho de que cambiar el sentido de apertura de las puertas cuesta dinero. Yo le aconsejé a la vendedora que así lo hiciese y, aunque ella no respondió, yo en su lugar sí lo haría. Desde mi punto de vista no tiene sentido dejar descontento a un cliente por una medida abusiva impuesta por alguien ajeno al vendedor.
Un beso.
Saporima.
Se acabaron las vacaciones
Vuelta al trabajo… La claridad de mi despacho, fotos de mis hijas y fotos de flores sobre el ordenador, mis compañeros… Los primeros días han sido ajetreados, un examen por poner, una reunión de inicio de asignatura, muchos alumnos consultando dudas de cara a los exámenes… Y luego vendrán las prisas por corregir rápido y sacar las notas y tener las revisiones de examen… Y sin darme cuenta ya habrá empezado un nuevo curso… Nuevas caras…
Lo que más me apetecía era coger la bici de nuevo… El resto de cosas podían esperar… Allí seguirían mis compañeros un mes después, y los alumnos, las aulas, el despacho, el comedor… Todo podía esperar… Pero la bici… De alguna forma me siento más viva con ella… (Sé que alguno de vosotros pensará: “¡¿y yo?!”… Pero existiendo el teléfono, ese reencuentro realmente también hubiera podido esperar, ¿no? ¿o hace falta verse en persona para saber que esa noche vas a cenar boquerones?).
Así que dejé de ser madre las 24 horas del día y pasé a serlo a tiempo parcial… Cambiar de aires sienta bien… Pero como sabéis la pequeña empezaba el colegio y el asunto me tenía (y tiene) bastante preocupada… Desde hace varios días me despierto cada noche sobresaltada al poco rato de haberme quedado dormida. Mi marido suele seguir levantado. Cuando me acerco a él y empiezo a intentar explicarle lo que me ocurre, él ya ni me escucha… Siempre es algo urgente y vital relacionado con las niñas… Y siempre es solo un sueño… Me dice que no pasa nada, que vuelva a la cama… Y yo doy media vuelta, vuelvo a la cama y sigo durmiendo… Siempre que estoy nerviosa me ocurre lo mismo…
Finalmente decidí que las niñas fueran desde el primer día en autobús… Mi marido, mis padres, mis hermanas y la persona que gestiona el tema de autobuses en el colegio opinaban que era la mejor opción… Yo no lo tenía claro y al final no me atreví a asumir yo sola la responsabilidad de llevarlas en coche…
El primer día la pequeña estaba muy emocionada. Tenía muchas ganas de ir al colegio con su hermana. Todo fue fácil aquella mañana. Subieron contentas al autobús. Por la tarde la pequeña bajó muy mimosa, pero parecía estar bien.
El segundo día fue muy difícil conseguir que se vistiera. Lloraba y decía que no quería ir al colegio. Afortunadamente su hermana consiguió animarla y una vez en la calle recuperó el buen humor y no se quejó al subir al autobús… Esa tarde-noche empezó a preguntarme si al día siguiente tenía que volver al colegio. Al decirle que sí empezó a lloriquear… Decía que no quería volver, que se quería quedar en casa…
El tercer día las cosas empeoraron. Los dos días anteriores no había llorado en la parada de autobús, donde nos juntamos con más padres y niños, y ese día, por primera vez, se quedó llorando al subir. Lo último que pude ver mientras el autobús arrancaba fue a mi hija pequeña llorando abrazada a su hermana en el pasillo. Aún no habían encontrado lugar donde sentarse… A la vuelta, nada más llegar, lo primero que dijo es que no quería volver al colegio. Se pasó toda la tarde repitiendo lo mismo una y otra vez… Jugaba un rato y en cuanto lo recordaba volvía a lloriquear… Yo le decía que tenía que buscar amigas y jugar con ellas y que le dijera a la señorita que estaba triste cuando lo estuviera…
Para colmo esa tarde y la anterior no pudo sentarse con su hermana en el autobús. La monitora me dijo que a veces les toca un modelo de autobús con menos plazas en el piso de abajo (es un autobús de dos pisos) y cuando eso sucede no tiene espacio para los hermanos de los niños pequeños… Así que los separa y manda arriba a los mayores…
El cuarto día los lloriqueos comenzaron en la parada de autobús. Tuve que tenerla en brazos todo el tiempo durante la espera y mientras subía los escalones seguía llorando. Igual que el día anterior estuvo preguntando por el colegio toda la tarde. “Sólo un día más, mami”, me decía. Me concedía volver a ir un día más pero a cambio tenía que garantizarle que aquello se acabaría. Yo le decía que no dependía de mí. Que todos los niños tienen que ir al colegio. El día anterior tras una de aquellas continuas preguntas su padre le dijo que si no la llevábamos al colegio un policía nos llevaría a él y a mí a la cárcel. Yo escuché la conversación pero no estaba participando en ella. Solo se lo dijo una vez. A la mañana siguiente, horas después de aquello, y sin que nadie se lo volviera a recordar, la pequeña me dijo: “mami, en vez de ir al cole, yo prefiero que el policía nos lleve a ti y a mí a la cárcel”. ¡Pobrecita!
El quinto día, afortunadamente, no lloró en la parada de autobús. Prometí a las niñas que esa tarde las recogería en coche. Cuando llegué al colegio tuve que esperar un rato en el patio junto a otros padres. La directora pasó por allí para animarnos. “Tranquilos. Los niños están cada vez mejor. Ya lloran muy pocos”. Entonces nombró a un par de niños como ejemplo de críos que aún seguían llorando. De los casi noventa niños nuevos, una de las que nombró fue mi hija… Me identifiqué como su madre y me dijo que no me preocupara, que se le pasaría… Cuando salieron los pequeños que se iban en autobús, nos dejaron entrar en las aulas. La señorita me dijo que no lo estaba pasando muy bien. Continuamente preguntaba cuando se iba a casa… Pero comía bien y dormía bien la siesta…
Aquella tarde la pequeña me preguntó varias veces cuando volvería a recogerla en coche… Tardé poco en decidir que si hay algo que yo puedo hacer para reducir su pena, como recogerla en coche, lo haré sin duda. Así que ya sabe que mientras ella se encuentre triste, no volverá en autobús. Por las mañanas es distinto. De momento todos los días ha ido sentada con su hermana, que al llegar al colegio, junto a una amiga, la acompaña a su clase. Mi hija mayor dice que llora cuando se separan, pero también lloraría conmigo, y su hermana es tan buena compañía como la mía, y que pasen juntas esos momentos creo que puede ser bueno para fortalecer el lazo que ya las une. En cambio, por las tardes, los pequeños suben los primeros al autobús y están un buen rato esperando al resto de niños. Además, no hay garantía de que la sienten con su hermana.
En fin… Espero que lo peor ya haya pasado…
Un beso.
Saporima.
Mi hija pequeña empieza el colegio
Pues sí… Ya llega el gran día… Hoy hemos ido al colegio a conocer su clase y sus profesoras. Me han encantado. Muy sonrientes y acogedoras. He salido contenta. La pequeña estaba feliz. Su padre, su hermana y una amiga de su hermana a la que conoce mucho la acompañaban durante su paseo por el aula y el patio mientras yo hablaba con las tres profesoras. Estaba muy contenta. ¡Una de las profesoras se llama igual que ella!
Esta semana pasada hemos ido un par de tardes al colegio. Nos han dejado estar libremente por aulas y patios y la pequeña ha estado jugando allí con su hermana familiarizándose con el entorno.
La visita de hoy ha aclarado un poco los negros nubarrones que se han ido metiendo en mi cabeza los últimos días. Ayer yo estaba triste como hacía mucho tiempo que no estaba… Esta noche me he despertado sobresaltada varias veces. Pero hoy estoy mejor.
Os cuento… El año pasado matriculé a nuestra hija pequeña en una guardería… La guardería perfecta… Nos recomendaron que el inicio fuese gradual, así que el primer día se quedó muy poquito rato y los días siguientes cada vez un poquito más… Estuvimos yendo menos de dos semanas y el día que más tiempo estuvo se quedó dos horas… Cuando llegábamos, muchos niños ya estaban en el aula. Tranquilos. Yo entraba con ella y la señorita la cogía en brazos. Le hablaba con cariño mientras los demás niños, en silencio, miraban. Ella se quedaba llorando desesperadamente. Como yo la recogía tan pronto, o bien seguía en el aula, un entorno pequeño y acogedor, o bien acababa de salir al patio e iba, junto a más niños, de la mano de la señorita. Cuando la recogía no estaba llorando pero se notaba que lo había hecho y mucho… El último día cuando fui a por ella descubrí un lugar desde donde podía ver el patio sin ser vista… Se me encogió el corazón al observar a decenas de niños llorando desconsoladamente… Caminaban rodeados de otros niños sin interactuar unos con otros como si una burbuja de completa soledad les aislara del mundo… Las profesoras de las distintas aulas estaban también en el patio pero no hacían caso a los niños. Formaban corrillos y hablaban unas con otras animosamente. Y aquellos pobres niños lloraban y lloraban a su alrededor… Aceleré el paso y me dirigí a la puerta. Una alta puerta blanca con pequeños agujeros. Desde la distancia reconocí el lloro de mi hija. Llamé al timbre y una señorita se acercó a abrirme. Nadie estaba con ella. Estaba sola en aquel patio. Llorando. Deseando ver aparecer a su madre. Aquella señorita supongo que notó mi cara desencajada y me dijo, sin que yo preguntara nada, que su profesora acababa de tener que irse a almorzar…
La niña no volvió. Mi suegra se había ofrecido a cuidar de ella y en ese momento comprendí que era la mejor opción.
Mucha gente criticó que la hubiera sacado de la guardería… “Si no llora ahora, llorará el año que viene”, me decían. “Le viene muy bien socializarse. Debería estar con otros niños”. Yo no intentaba convencer a nadie. Pero pensaba que con un año más podría hacer frente mucho mejor a una situación tan dura como separarse de su familia.
Ahora, efectivamente, tiene un año más. ¡Pero aún no tiene ni tres años! (ella es de noviembre). Sigue siendo muy pequeña…
Llevamos varios meses hablando del colegio y durante todo el curso pasado ha acompañado a su hermana a la parada de autobús y ha ido a recogerla. Tiene mucha ilusión por empezar, pero no sé cuánta le quedará el segundo día…
Subirán al autobús a las nueve menos cuarto y llegarán a las cinco de la tarde… Son muchísimas horas… Almorzará allí, comerá allí, dormirá la siesta, merendará… Y tampoco verá a su hermana… Sólo coinciden en el autobús… Estoy pensando en ir a recogerlas en coche… Acortaría un poco la separación y podría hablar con sus profesoras… Sólo al principio… No sé…
Ojalá llegue un día en que las madres sigamos trabajando, como en la época en la que nos ha tocado vivir, pero en la que se tengan más en cuenta las necesidades de los niños pequeños. Desde mi punto de vista, habría que favorecer con todas las medidas que fuese posible que los niños fuesen cuidados por sus familias cuanto más tiempo, mejor… “Dejará de llorar después de un rato”… Claro que dejará de llorar! Por puro agotamiento! Pero cuánto me gustaría poder evitarle ese sufrimiento!!
Creo que si yo estuviese en alguno de esos patios rodeada de niños llorando desconsolados, los agruparía, me agacharía para estar a su altura, y les hablaría con voz dulce. Supongo que no dejarían de llorar, pero para mí hay un mundo entre sentirse triste, abandonado y desatendido, y sentirse triste pero darse cuenta de que hay alguien ahí, cerca, al que le importas y que desea que estés bien. Que te acaricia, que te mira, que te sonríe…
Ojalá este colegio sea diferente. Ojalá las profesoras que he conocido hoy no hayan perdido el amor y la compasión por los niños. Ojalá la atiendan cuando esté llorando. Ojalá le hablen con ternura y le sonrían…
Un beso.
Saporima.